lunes, 14 de marzo de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 8º


Los dos nos quedamos helados al contemplar el pasillo lleno de restos humanos, nunca en mi carrera como sanitario había visto tanta sangre, el panorama es desolador; además, reina un silencio espeluznante.
Me gustaría verme a través de alguna cámara, caminando por el hospital semi en bolas y con media cama a cuestas, para descojonarse. Echo un vistazo a los teléfonos de las mesas, pero no funcionan y eso me mosquea bastante. Tras dejar atrás la zona de oncología, planeamos que el plan más viable sería salir por donde yo me había colado, así que tendríamos que bajar hasta el depósito de cadáveres. Los ascensores funcionan, así que decidimos utilizar uno de ellos, al activar el botón del ascensor, escuchamos  un ruido que proviene del fondo de las escaleras de emergencia. Nos acercamos a echar una ojeada, y vemos por el hueco de la escalera a una multitud de monstruos caníbales subiendo. ¡Mierda! seguramente habían  oído el ruido del ascensor. Rápidamente nos dirigimos hacia éste pero todavía no ha llegado. Como tarde mucho estamos jodidos. Mientras Ángel vigila las escaleras, me entran un tembleque en la pierna derecha que no puedo parar.  Ya oigo los gemidos de aquellas cosas, cuando giro la cabeza para ver cómo le va a  Ángel, le veo aguantando la puerta tras la cual se encuentra una muchedumbre deseosa de hincarnos el diente. Suena  el timbre del ascensor, ¡por fin¡
Ángel bloquea la puerta con su fusil, aunque no creo que eso los detenga durante mucho tiempo, lo justo para introducirse en el ascensor. Una vez dentro, soltamos  un suspiro  de alivio, y empieza  a bajar. Llegados a la morgue, todo parece tranquilo, no se divisa ni un alma, así que  caminamos hacia la sala de autopsias. La puerta por donde yo había entrado sigue abierta, esa es una buena señal, nadie ha pasado ahí o tal vez sí, me da igual porque de cualquier manera es nuestra única escapatoria. Primero tenemos que buscar algo con lo que alumbrar el túnel de salida, no quiero volver oscuras, revolvemos los cajones y estanterías, pero nada. Me llevo las manos a la cabeza cuando me llama Ángel:
-Tal vez esto te pueda ayudar-
Sus manos sujetan una radial con la que abrían en canal a los cadáveres, es perfecta. Coloco las esposas sobre la camilla de las autopsias y, con un certero corte, el sargento me libera; aunque, seguramente el ruido se haya escuchado en todo el hospital. Ya solo me falta ponerme algo de ropa. No podemos perder más tiempo, nos adentramos en el túnel, no sin antes cerrar la puerta.  No tengo ganas de que nos sigan y menos los podridos. Una vez dentro, la única forma de guiarnos es mediante los letreros reflectantes de emergencia pegados en las paredes, desgastados por el paso de tiempo. Tras unos 5 minutos interminables llegamos al aparcamiento. Todo parece tranquilo, no durará mucho. Ángel y yo damos unos pasos y nos asomamos a una de las entradas. Nuestros ojos no dan crédito de lo que están viendo, los alrededores del hospital son un campo de batalla: tanques, coches ardiendo,  una masa de gente escapando en todas la direcciones y nosotros en medio de todo ese caos.

Tenemos que buscar mi coche para salir de aquí, pero Ángel me asegura que es mejor coger un vehículo que nos ofrezca más seguridad que mi Nissan y, precisamente, sabe dónde podemos encontrar uno. El comandante de su tropa hacía unas semanas había comprado un Audi Q7. Le pregunto que cómo vamos a conducirlo si no tenemos la llave y él se echa a reír, aunque yo no le veo la gracia.  Me dice que le siga y corremos hacia una de las esquinas del aparcamiento, allí se encuentra nuestro boleto para salir de aquel infierno. Un precioso todoterreno de color blanco con las lunas tintadas, que cutre, está esperándonos. Todavía no sé cómo vamos a abrirlo, cuando el  sargento saca de su bolsillo un manojo de llaves. El muy cabrón tenía la llave del coche. Según me detalla, al comandante  no le gusta conducir  así que  Ángel hacía de chofer ocasionalmente para él. En cuanto arranca, vemos como una persona sin brazo se para delante de nosotros, sin duda alguna,  aquello ya no es un ser humano. Ángel acelera arroyándolo sin piedad. Cuando  salimos, comprobamos que todo es un caos, hay gente huyendo de aquellos caníbales desesperadamente, incluso varias personas intentan subirse al coche pero les es imposible, Ángel las esquiva y ponemos rumbo a La Laguna.  El camino de la autopista está repleto de coches, en cambio la carretera general no se divisa  tanto embotellamiento, así que decidimos tomar esa avenida. 

7 comentarios:

  1. hola!
    te acabo de descubrir a raiz de una publicacion de hotel california en el face y ya soy seguidora tuya, aparte de gran fan del mundo de los no muertos!

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  2. Muchas gracias y espero que te guste.Por cierto te agradecería que compartieses el blog, un saludo.

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  3. Alex..para cuando el siguiente capitulo!!!Es genial lo que escribes!!!Un saludo y tranquilo que lo compartire!!!

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  4. Muy pronto el 9ªCapitulo y mas largo de lo normal. Muchas gracias por vuestro apoyo.

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  5. Alex...ya estamos 29 y me estoy muriendo por saber como lo lograra "TU" desnudista, animo continua que somos muchos los que te apoyamos...

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  6. hola !! diras que muy fijada pero se escribe "arrollar"

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  7. Todos tenemos fallos y vosotros me ayudáis a mejorar como escritor.

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