lunes, 14 de noviembre de 2022

Trance muerto

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Aqui les dejo mi ultima lectura ,entren y disfruten.

martes, 15 de julio de 2014

ZOMBIS EN CANARIAS CAPITULO FINAL.....

Marian atiende al hombre malherido, mientras que Ángel no le quita ojo , su cara le resulta familiar, pero no llega a  recordar con claridad quien es. Yo le pregunto a Natalia como dio con él, me cuenta que quedó atrapada en una parte del campamento y se vio entre los zombis y el desconcierto.  Y con anterioridad, Ángel le dijo  que si por algún extraño caso se separaban, el punto de encuentro sería el muelle.  Le digo que Ángel fue a  buscarla pero no puedo dar con ella, que todo había sido caótico. Ella me desmenuza la peripecia que tuvo que pasar  escondiéndose en el frigorífico de la cocina del campamento, estaba muerta de miedo y no tenía valentía valor  para volver al exterior. Cuando sintió una garrafal explosión que provenía de fuera,  eso y la imagen de Ángel esperándola le dio el impulso decisivo para poder salir. A mitad de su huida se topó con un  paisaje desolador y en ruinas, entre ellas dio con aquel viejo que había sobrevivido y se encontraba a varios metros de donde se había producido la misteriosa explosión. Le digo a Natalia que todavía no podemos fiarnos  de aquel hombre, no me da buenas vibraciones y hasta que no sepamos más de él lo mantendremos en un camarote encerrado. Me alejo de Natalia para volver con Marian y juntos descubrir lo que nos deparará el destino.

Entre una montaña de ruinas del campamento, un minúsculo movimiento alerta a varias ratas que se pelean por un trozo de comida, cuando una huesuda y quemada mano asoma por la punta del montículo asustando a las roedores. La mano se estira hacia el cielo como clamando la piedad divina.


FIN???

lunes, 7 de abril de 2014

ZOMBIS EN CANARIAS CAPITULO 34

Paulo,  ve como se desploma el cuerpo de Sara y con aire de indiferencia camina hacia el encuentro de la Reina de los muertos. No muy lejos de allí puede divisar entre cadáveres una estampa femenina moviéndose de forma inhumana,  con todas la fuerza que le queda  intenta captar su atención chillando que es una aberración de la naturaleza.  Saca su dispositivo Sol y  con el puntero láser apunta al cuerpo de Gaia, a  esta le entra una ataque de risa pensado que la lucecita era la mayor baza del coronel para acabar con ella. Pero segundos después descubre que no es lo que ella piensa. Una enorme luz en forma de túnel, de color azul plateado irrumpe desde el cielo  cayendo sobre su cabeza. Gaia lo mira asombrada por lo bella  que parece  la singularidad de la luz, empieza a notar un calor penetrante en el cuerpo como si todas sus células  fueran a explotar de adentro hacia fuera.  La luz se va estrechando hasta tal punto que  Gaia la puede atrapar con sus manos, cuando se convierte en un punto insignificante le estalla en la cara, provocando un estallido del tamaño de un campo de futbol. La onda expansiva es de tal magnitud que todos los  muertos y Paulo caen al suelo  sin poder evitarlo. Una  densa y oscura nube se levanta del origen del bombazo, dejando casi sin visibilidad a varios metros. La nube deja a ciegas a Paulo sin poder ver si su objetivo ha sido fulminado, pero tiene el convencimiento de que , nada podía sobrevivir aquello. Sentado sobre un par de piedras contempla como se aleja la sombría nube dejando ver un montón de escombros en el socavón que se ha producido por el dispositivo Sol. Varios zombis se percatan de su presencia y se dirigen hacia él, Paulo sin apenas fuerzas se resigna a que ha llegado su hora, y con un suspiro acepta su final. Cuando entre los muertos una estampa femenina aparece disparando y abatiendo a todo zombi que se acercara a ella, Paulo no distingue muy bien quien es, aquella persona que se mueve con tanta rapidez, se le acerca y le ofrece su mano, con los últimos ápices de fuerza que le quedan el coronel, se pone erguido con la ayuda de la chica. Paulo le indica  que tiene una moto para poder escapar de allí, sin dudarlo ella corre hacia la moto y la arranca como si fuera una experta en motos.  Acelera y va en busca del coronel, este se agarra bruscamente a su cintura cuando lo recoge  y le pregunta por su nombre, ella responde; soy  Natalia y debemos darnos prisa, mis amigos me están esperando en el muelle-

Paulo tan solo afirma con la cabeza y con un giro de la muñeca de Natalia la moto se pone en marcha dejando atrás la muerte y la desolación de la raza humana.

miércoles, 26 de marzo de 2014

ZOMBIS EN CANARIAS Capitulo 33º

Me agarra de la mano y marchamos hacia el puerto dejando atrás mi curiosidad, allí se encuentra Ángel desamarrando las cuerdas de un  yate de tamaño mediano abandonado, pero no logro ver a Natalia.  Ángel me dice que no pudo encontrarla entre tanto desconcierto y que debemos irnos cuanto antes. Entramos al velero con un pequeño salto de rana, me ocupo de  recoger los últimos metros de la pesada cuerda, mientras Ángel va a encender el motor, Marian se dirige a liberar las velas. Justo cuando Ángel arranca el motor, el parpadeo de una luz proveniente del final del muelle se acerca hacia nosotros, dejándonos perplejos, no sabemos qué puede ser, así que Ángel continúa con la maniobra de alejar el velero. La motocicleta acelera su paso, y empieza a picarnos la luz de forma intermitente, aquello debe de ser una clase de señal, le digo a Ángel que espere un minuto, tal vez fuesen supervivientes. Ángel pone el motor en ralentí, esperamos  unos segundos a tener una visión más clara de lo que podía ser aquello, cuál fue nuestra sorpresa cuando vemos a Natalia montada y detrás de ella un hombre herido agarrado a su cintura. Los ojos de Ángel se dilatan de tal forma que no puede creer lo que ve, se abalanza cuando la moto llega a nuestros encuentro. Marian también se emociona y se me acerca para agarrarme fuertemente fruto de la emoción, el hombre se baja, ayudado por Natalia que lo agarra por las hombreras de su chaqueta, parece que está herido. Cojea de una de las piernas y tiene varios moratones en la cara.  Ángel se acerca a Natalia para ayudarla, y con una broma le espeta: ¿por qué has tardado tanto?, sonriendo de oreja a oreja.

Antes de meterlo aquí con nosotros, tenemos que saber si le han mordido, el hombre con un “no” rotundo y contundente descarta que esté infectado y que sus heridas son producto de la batalla. Me aproximo a él y le ayudo junto con Ángel a subirlo al barco, mientras Marian y Natalia se funden en un enternecedor abrazo que solo las mujeres conocen su significado. Ángel vuelve a retomar los mandos del velero y con un aire de Capitán Pescanova acelera el velero de tal manera que no nos da tiempo de aferrarnos bien y caemos todos de culo al suelo del barco.

Paulo empieza a distinguir una especie de muro y lo que parece una entrada de un campamento base, Sara se aferra fuertemente a él y le dice al oído que ese debe de ser el punto seguro del que había oído hablar. No muy lejos ve a decenas de zombis tirados en la tierra, como si hubiera habido una gran cruzada final, algunas de sus partes aún se mueven.
Paulo le indica que tiene que seguir a pie, por precaución, el aguacero es cada vez más intenso y molesto . Según van acercándose a la entrada puede ver la multitud de zombis que están dentro dándose un festín. Es tal la escena que  Sara se le escapa un pequeño grito, alertando a varios muertos que se encuentran cerca. Paulo se apresura y con su enorme cuchillo le secciona la cabeza a dos de ellos, mientras Sara se ocupa de uno vestido de policía disparándole a la cabeza. Gaia oye un disparo que proviene de afuera, pero no le da mucha importancia, piensa que debe ser algún soldado rezagado que ha intentado escapar.  Camina al centro del campamento buscando a más almas que engrosen su ejército de muertos vivientes, cuando una voz clama su atención.


Paulo queda asombrado por la valentía de Sara al interponerse entre él y un musculoso zombi con aspecto de haber pasado muchas horas en el gimnasio en su otra vida. Sin tiempo de reaccionar, el zombi dirige su atención en a Sara y la muerde en un hombro, condenándola a convertirse en un muerto más. Paulo no lo duda ni un instante, levanta su machete y se lo inserta en el cráneo de ese maldito zombi provocando un charco de sangre. Sara,  saca de su bolsillo su pistola y sin que a Paulo  le dé tiempo a reaccionar, ella lo mira, susurra sus últimas palabras ¡vaya  asco de vida….! Y se pega un tiro en la cabeza.

sábado, 15 de febrero de 2014

ZOMBIS EN CANARIAS Capitulo 32º

Paulo presta atención a una moto de color rojo que se encuentra abandonada en la carretera, mientras Sara rebusca entre los restos de coches intentando hallar algo de utilidad pero tan solo ve maletas y manchas de sangre por todas partes. Paulo se acerca con sigilo a la moto y le echa una mirada buscando algún desperfecto, pero no, parece que está aparentemente bien, le sorprende la marca, es una BMW. Intenta arrancarla, pero no funciona, vuelve a hacerlo una vez más y un sonido estridente surge del tubo de escape como si fuera un Fórmula 1. A Sara le pilla desprevenida el sonido producido por la moto, haciéndole girar su vista hacia Paulo, este le indica con el brazo que se acerque para subir ambos a la moto. Cuando Sara está a escasos centímetros, dos zombis surgen de entre los restos y avanzan rápidamente hacia ellos. Sara desenfunda su pistola y realiza dos disparos, los dos zombis son abatidos ágilmente. Sara monta y se agarra con fuerza al costado de Paulo. La moto deja una estela de humo en la carretera, como la que producen los aviones en el cielo. Media hora después,  Sara y Paulo notan que una lluvia densa está empezando a caer sobre ellos y, no muy lejos, divisan varias columnas de humo. Apresuran al máximo la capacidad de la moto acelerándola para averiguar lo que sucede.

Las puertas ceden por la enorme fuerza y peso ejercido por la masa de zombis acumulados en la entrada. Ángel y yo corremos hacia el campamento médico, dejando a las espaldas una multitud de soldados y civiles desorientados. Echo una mirada para cerciorarme de lo que dejamos atrás, mis ojos  y oídos  son testigos de  los alaridos de las pobres personas y de cómo se da cita el heroísmo de unos pocos ayudando a sus compañeros malheridos, que caen unos tras otros bajo las fauces de los  podridos.  Entre ese caos, distingo a un sacerdote subido a un trozo de madera que hace las veces de atril y, con la mano que sujeta la Biblia  extendida hacia el cielo, grita: ¡Cuando  no haya sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra!
-Iker, tenemos que dividirnos, tú vete y busca a Marian, yo iré a por Natalia- dice secamente.
-Pero, pero…..-balbuceo - ¿Cómo?
- ¡Oh tío, vamos!, nos encontraremos junto al muelle–dice  esbozando una  sonrisa forzosa.
Corro desesperadamente, teniendo la certeza de hallar a Marian, pero nada más llegar al campamento médico, el caos reina por completo.  Las personas corren de un lado para a  otro, cayendo y siendo arrolladas por unas y otras en sus caídas, los chillidos de desesperanza inundan mi mente, no dejándome pensar de forma clara. Bramo el nombre de Marian a los cuatro vientos, pero es tal el sonido del desconcierto que apenas me escucho a mí mismo. Me adentro en las habitaciones con la esperanza de ver a Marian, pero tras el tercer intento, tan solo me encuentro camas vacías y ensangrentadas, empiezo a temer lo peor. Un chillido que proviene del fondo del pasillo capta mi atención, es Marian tirada en el suelo. Una niña zombi de no más de diez años se encuentra encima de ella intentado arrancarle la yugular a dentelladas. Corro exasperado hacia ella, observando cómo intenta zafarse, pero no lo consigue y cada vez está más cerca de su cuello. Cuando estoy a pocos metros de ella, recojo un rifle abandonado en el suelo y, con el impulso de la carrera, acumulo tal fuerza que golpeo a la niña en la cabeza, alejándola varios metros de Marian. Ella se queda mirándome con cara de estupor, sin saber muy bien lo que ha ocurrido y quien soy, pero en pocos segundos su cara de pánico se torna en una cariñosa sonrisa y las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos, la  ayudo a levantarse  y nos fundimos en un largo abrazo.
Tras este breve lapsus, volvemos a la cruda realidad y le digo que tenemos que salir de allí inmediatamente, y encontrarnos con Ángel y Natalia en el muelle. La niña zombi empieza a convulsionar su cuerpo y con una postura antinatural se levanta, fijando su mirada animal en nosotros. No lo dudo un momento y apunto con el rifle a la frente de aquella pobre criatura, veo como su pequeño cuerpo se desploma como un animal muerto cuando la bala le atraviesa la frente.


Salimos a toda leche del campamento para descubrir que ríos de sangre recorren el pasillo como si fueran afluentes de este mismo. Mientras corremos hacia el muelle, una luz de un azul intenso irrumpe desde el cielo dando un aspecto cósmico a la noche lluviosa, y cae de lleno en la entrada principal del campamento. Una enorme nube de polvo mezclada con la lluvia se levanta, dejándonos sin visibilidad por unos segundos, el escándalo de la explosión se podría haber oído a varios kilómetros de distancia. Todos los podridos se han caído por la onda expansiva y algunos tan solo se han quedado estáticos. Algo gordo ha pasado, tengo que aproximar averiguar el qué, le digo a Marian que ella vaya yendo, que yo la alcanzaré más tarde. Ella se opone a que vaya solo a echar un vistazo, me acaricia el pelo y me dice que no ha pasado tanto  para ahora perderme por satisfacer mi instinto explorador.
 

sábado, 8 de febrero de 2014

ZOMBIS EN CANARIAS Capitulo 31

No podía ser, aquella figura con forma femenina parece un chamán sacado      de las películas de los mayas invocando a las tormentas, y lo jodido es que está pasando de verdad. Junto a mí, Ángel y yo empezamos a notar una fina lluvia que cae sobre nuestras cabezas. Marañón tiene la mirada fija en la que parece la Reina de los Zombis, cuando un atronador rayo nos saca  de nuestro desconcierto al caer muy cerca del vehículo. Se ha librado por los pelos, digo en voz alta y el “Azote” continúa su marcha, mientras Marañón ordena a varios de sus mejores tiradores que abatan  a la líder. ¡Es ella, es ella! Grita el teniente, señalándola con su brazo  acusador.       

Las venas de la cabeza de Jana empiezan a ser visibles, y un agobiante sudor frío recorre su cara como si de una cascada se tratase. Un puñado de muertos vivientes se coloca delante de ella para frenar al azote de los muertos, pero tan solo consiguen retrasarlo unos segundos, los suficientes para otro intento. Esta vez, un descomunal relámpago surge del cielo, cayendo de lleno en el azote de los muertos, provocando una monumental explosión.

Cuando el “Azote” está a pocos centímetros de embestir  a la reina de los muertos, una gigantesca luz nos deslumbra; es otro relámpago, pero una extensa nube no deja ver lo que ha podido suceder,  aunque puedo sospecharlo. Los soldados se impacientan para que se esfume toda aquella polvareda, pero continúan en sus posiciones desconcertadas, cuando una ráfaga de viento levanta el nubarrón de polvo. Tan solo se divisan restos del vehículo desperdigados por todos lados y un enorme cráter. En el centro de la explosión se pueden diferenciar extremidades amputadas de los soldados que se encontraban  dentro del vehículo y la chatarra retorcida de lo que fue el orgullo de nuestro ejército. Algunos soldados empiezan a vomitar del asco que les da lo que están presenciando mientras otros corren en su dirección para ver si queda algún superviviente.
Marañón tensa la musculatura de su mandíbula y salta la barrera de seguridad sin previo aviso, impulsado por la rabia. Camina hacia la Reina de los zombis desenfundando su pistola, y se dispone a realizar el primer disparo pero decenas de zombis surgen de la nada y se anteponen a Marañón y su objetivo. Intenta deshacerse de ellos pero son demasiados, varios soldados salen en su apoyo, pero su superioridad numérica es tan descomunal que ni tan si quiera permiten  que los soldados se pueden acercar unos metros. Mis ojos ven, una vez más, como decenas de personas son engullidas por aquellos caníbales, esto nunca va a tener fin. Ángel me zarandea para sacarme de mi consternación, me mira y le digo que no tenemos ninguna posibilidad de salir de esta.

- ¡Tío! piensa en Marian, todo lo que hemos pasado para encontrarla y  buscar un sitio seguro- dice Ángel para darme ánimos.


Tenemos que salir de aquí, me dice Ángel afligido por lo que acabamos de presenciar. Miles de podridos avanzan hacia la entrada empujados unos por otros, la lluvia cae cada vez con más fuerza. Los alambres de espinos que se encuentran a pocos metros de la puerta, atrapan a los primeros en llegar, seccionándoles las extremidades y dejándolos enganchados a la alambrada. La avalancha es tal que los zombis tirados en el suelo sirven de alfombra para los siguientes, son pisados sin ninguna contemplación. No tardarán en tirar el portón abajo, Ángel y yo corremos en busca de Marian y Natalia. Mientras varios soldados centran todo su arsenal sobre los zombis apostados en la entrada, esta  empieza a flaquear por el peso ejercido por miles de cuerpos impulsados por el instinto más primitivo, “el hambre”.  Gaia se deleita observando como devoran al teniente Marañón, mientras su ejército está a punto de echar abajo la única cosa que le separa del triunfo final.

martes, 26 de noviembre de 2013

ZOMBIS EN CANARIAS CAPITULO 30ª


Miguel se acerca a la escasa población que ha escapado del holocausto zombi y, con voz firme, llama a voluntarios para acompañar a Paulo a una misión. La gente esparcida por el campo no manifiesta ningún movimiento. Tan solo una inaudible voz femenina rompe el silencio. Paulo reconoce esa voz, es Sara. Abriéndose camino entre la multitud, Sara aparece delante de Miguel ofreciéndose voluntaria para acompañar a Paulo.  Este, agradecido, le estrecha la mano como si fuera uno de sus mejores soldados.  Miguel vuelve a alzar la voz y repite si alguien más quiere ser voluntario pero, sin encontrar respuesta alguna, las personas empiezan a andar y a moverse de un lado para otro. En segundos la gente vuelve a estar esparcida en sus tiendas y el único espectador que se mantiene ante Paulo es un perro callejero.  Paulo mira al perro y dice:
-El perro tiene más valor que todas estas persona juntas- dice apretando los dientes.
-Esto es lo que puedo ofrecerte, si quieres algo de comida y agua te lo puedo dar- le responde Miguel.
-Sara y yo nos iremos mañana con el alba, solo necesito una cosa más- dice moviendo ambas cejas Paulo.
-Dime y, si está en mis manos, te lo facilitaré- le responde Miguel intrigado.
-Necesito un puntero láser- responde Paulo moviendo con una mano dentro del bolsillo de su pantalón el dispositivo Sol.
Sara y Miguel ponen caras de extrañados al oír la petición de Paulo. Miguel le responde que es prácticamente imposible que encuentre algo parecido y Sara,  inesperadamente, interrumpe a Miguel, contestando que tal vez no sea tan improbable. Hace poco un niño me estaba molestando mientras hacía la guardia de noche con un luz roja en mi cara. Paulo se agita y dice que hay que buscar al crío, Sara intenta recordar la cara del chaval y, tras unos minutos interminables para Paulo, recuerda un detalle del niño, llevaba una cazadora con el logo de los bomberos. Rápidamente los tres pusieron pies en polvorosa para dar con el chiquillo.

Jana se enoja por la manera en que sus siervos son abatidos por una especie de máquina de guerra, alzando las dos manos hacia el cielo y cerrando sus ojos. Concentra todo su potencial sobre unas nubes situadas encima de ella, estas  se van tornando en  nubarrones oscuros y densos. Y, como por arte de magia, empieza a caer una lluvia abundante y unos relámpagos como lanzados por el mismísimo Zeus desde el Olimpo. Jana vuelve en sí y dirige su mirada hacia el azote de los muertos que cada vez está más cerca de ella. Levanta un pie y pisa con una fuerza descomunal la tierra, provocando la caída de un rayo muy cerca del vehículo. Dentro del coche, los cuatro soldados no salen de su asombro por lo que acaban de presenciar, uno de ellos comenta sobresaltado que es imposible que ella haya provocado eso, es una simple casualidad lo que están presenciando. El más veterano de ellos, el cabo 1º Salvador, se santigua  y señala a la monja:
-Matemos a ese ángel del demonio, y salgamos de una puta vez de aquí- indica el cabo, pasando su lengua por el labio inferior.
El resto de soldados, como si fueran máquinas bien engrasadas, empiezan a tomar de nuevo sus posiciones y avanzan hacia el demonio. Otro rayo cae, muchísimo más cerca de ellos, dañando una de las ruedas pero el azote continúa su marcha.
 Unas gotas de sudor empiezan a caer por el rostro de Jana, empieza a dudar de sí  misma,  ve como no puede parar a aquel carro que se dirige hacia ella con una velocidad endiablada. No puede abandonar ahora que está tan cerca, tiene un objetivo y lo va a cumplir cueste lo que cueste.

Sara pregunta a varias personas por el chico de la cazadora de bomberos, pero nadie sabe nada. Tan solo un viejecito que se encuentra sentado sobre un asiento de coche demolido, contonea su bastón para llamar la atención de Sara. Cuando Sara se aproxima, se encuentra con un anciano de piel arrugada, ojos apagados por el tiempo y un enorme bigote blanco que le da un aspecto muy varonil. 
-¿Estás preguntando  por un muchacho con una cazadora de bomberos, verdad?- le pregunta el octogenario.
-Sí, necesito encontrarlo, tiene algo que nos será de gran ayuda- apresura a responder Sara.
-Es mi nieto al que buscas, lo podrás encontrar jugando con los demás chiquillos en los restos de la chatarra del tranvía- responde señalando la parte trasera del campamento.
Sara da el aviso de su hallazgo a Paulo que se encuentra a unos poco metros de ella y este corre hacia allí. Ante la atenta mirada de Paulo, Sara le explica que deben ir a las ruinas del tranvía, allí localizarán al chico.  Nada más llegar observan a un grupo de niños que saltan, representando una batalla, entre los hierros resquebrajados de lo que fue el transporte estrella de la isla. Paulo, sin poder aguantar acercase algo más, grita a los cuatro vientos nada más ver la espalda del chico con la cazadora. El crío se asusta y corre intentando escapar pero Sara, que se encuentra más adelantada, lo sorprende y lo bloquea cogiéndolo por un brazo sin concederle posibilidad alguna de zafarse.
-Tranquilo muchacho, no vamos a hacerte daño, solo queremos preguntarte por algo- le dice Sara esbozando su mejor sonrisa.
El niño asustado deja de patalear y se calma. Paulo, que ya se encuentra delante de Sara, mira al niño y le pregunta por el láser de luz, y este  le dice que no sabe de que le habla. Sara le recuerda que no hace muchas noches lo vio que estaba jugando con una luz roja, en su cara. El crío suelta una inesperada risa y con un gesto de cabeza lo confirma. Con la mano derecha saca de su bolsillo de la cazadora un minúsculo puntero láser.  El chico les advierte de que la pila está casi agotada y que en ocasiones no funciona correctamente. Paulo le arrebata de la mano el puntero y lo mete apresuradamente en uno de los compartimentos de su pantalón. Sara suelta al chico desapareciendo este entre los restos del tranvía. Paulo se gira y le dice a Sara que se vaya a descansar, ya que mañana les espera un día muy duro. Ella se marcha a su pequeña tienda en forma de iglú donde van pasando las horas sin poder concebir el sueño, permanece toda la noche en vela intentando imaginar qué ocurrirá mañana. Mientras tanto, Paulo, en su tienda, no puede parar de mirar el puntero y pasárselo entre los dedos, todo depende de ese minúsculo aparato. Saca de otro de sus bolsillos el activador del satélite Sol, tan solo le falta acoplarle el  puntero para completarlo. Con una cinta adhesiva lo adhiere sin problemas al dispositivo y, con un brillo esperanzador en sus ojos, lo examina.  Sin darse cuenta, el coronel Paulo cae en un profundo sueño con el dispositivo entre sus manos. Mucho antes de que salga el sol, Sara se acerca a la tienda de Paulo para sorprenderle por su madrugón. Nada más entrar observa un aparato extraño entre las manos de Paulo, tras unos segundos sin apartar la mirada, Paulo se sobresalta al ver a  Sara.
–Venga abuelo que ya está saliendo el sol- dice disimuladamente Sara.
Paulo se aferra fuertemente al dispositivo para ocultarlo de los ojos de Sara, no sabe si ella lo ha visto y si es así, tampoco le importa.  Como si fuera un muñeco de resorte Paulo se levanta con ayuda de su bastón, su pierna mejora pero no lo suficiente. Los dos recogen unas mochilas con alimentos, agua y algunas armas que les había dejado Miguel el día anterior. Con la brisa de la mañana y los primeros rayos solares golpeando las espaldas de Sara y Paulo, dejan atrás el campamento. Un chaval agazapado en una tienda medio derruida  los ve alejarse en el horizonte.

sábado, 24 de noviembre de 2012

ZOMBIS EN CANARIAS Capitulo 29º


Ana nota que se marea ligeramente de tanto meneo, tanto que cree que va a vomitar, le empiezan a entrar arcadas acompañadas de continuos estornudos. Uno de los zombis que carga con ella, le lanza un gruñido como si fuera un perro rabioso. De repente se paran en seco, Ana observa como todos ellos se encuentran estáticos, su perspectiva no es muy buena colgada así que decide arquear todo el cuerpo con el fin de poder ver algo más. La noche es oscura y las nubes negras como el carbón, pero la luz de la luna llena deja ver claramente donde se encuentra. Su sorpresa es mayúscula al divisar los muros del punto seguro, todos sus malos presagios los ve cumplidos. La claridad de la luna refleja sobre el muro, y éste a su vez la devuelve sobre la masa de zombis, la marcha de muertos permanece quieta. Ana grita con rabia y todas sus fuerzas, pretende atraer la atención de su líder pero está demasiado lejos para que su voz se proyecte y capte la atención de la monja. Un destello de color azul atraviesa el cielo oscuro y, como si fuera un fuego artificial, explota formando una bella palmera. Ana sabe lo que eso significa, Marañón va hacer uso del azote de los muertos, un vehículo construido, en principio, para combatir en la guerra de Afganistán pero que más tarde, con la llegada de la plaga de los muertos vivientes, se transformaría en lo que es actualmente.

Jana observa como un destello proveniente de dentro del muro surca el cielo para convertirse en una llameante palmera azul. Aquello tiene que ser algún tipo de señal, se dice a sí misma, ¿pero para quién?, muy pronto lo descubrirá. Como si se tratase de un león feroz, surge entre la muchedumbre de zombis una especie de todoterreno de color negro, toda su chapa está reforzada por gruesos paneles de hierro con tan solo unas minúsculas aberturas a los lados que dejan ver las puntas de ametralladoras que no paran de disparar. En su parte alta una escotilla de la cual surge una manguera que escupe fuego y, por si fuera poco, sus ruedas están rodeadas de clavos bien afilados, lo que hace que en cuanto se acerque un zombi éste se caiga y sea arrollado.
Como si fueran un enjambre, los muertos rodean al automóvil provocando que su marcha sea más lenta de lo esperado, los soldados que se hallan dentro se esmeran en apartar a cañonazos a los zombis, pero hay demasiados. Uno de ellos levanta la escotilla y lanza una granada sobre la parte delantera del vehículo provocando una onda expansiva que aparta a los zombis lo que provoca que el camino hacia Jana quede despejado. El azote de los muertos enviste a unos pocos zombis desmembrados por la explosión.
Apreté mi puño con fuerza deseando que aquel híbrido de jeep-tanque, acabara con todos los podridos. Ángel, que se encuentra justo a mi lado, no para de gritar y dar saltos de alegría, por cada zombi abatido. Me acerco a Marañón y le digo que unos cuantos más de esos todoterrenos-matazombis nos bastarían para barrer a todos los muertos vivientes de la faz de la tierra. Él me sonríe y dice que el azote de los muertos es el único prototipo que existe. Continuamos mirando como el todoterreno se va abriendo camino entre los muertos y abre un pequeño camino hacia el que parece su líder. Algunos soldados apostados desde el muro lanzan ráfagas de ametralladoras, dando apoyo al coche para que consiga su objetivo. Todo parece indicar que ganaremos la batalla, pero un inesperado movimiento del líder de los podridos nos deja estupefactos.

martes, 16 de octubre de 2012

ZOMBIS EN CANARIAS capitulo 28º


 El coronel Paulo se acomoda en lo que parece un minúsculo sofá de color verde turquesa, Miguel cierra la puerta de la caravana y le ofrece al coronel algo de beber, pero él lo rechaza. Paulo tiene frente sus ojos a un hombre con la piel curtida por el sol, en su espalda se podría jugar al frontón de lo grande que es y sus brazos, más que brazos parecen piernas. Sus ojos marrones parecen apagados por el tiempo y  su uniforme de policía le da un aspecto temible. El coronel, que no es fácil de impresionar, pronuncia la primera frase:
-Soy coronel  de las fuerzas armadas y necesito tu ayuda soldado- exclama.
-¡La ostia!, un coronel en persona. Pero no entiendo como un simple poli puede ayudarlo- dice sorprendido.
- Chico, el mundo está jodido y este país se va al garete, unos pocos escapamos de Madrid con altos cargos del gobierno y parte de la familia real y digo parte, porque el rey y su esposa murieron en palacio, tras el ataque de los muertos y el resto de la familia real se dispersó por el territorio español. Yo tenía a mi cargo la seguridad de Don Felipe, su mujer, sus hijas y unos científicos que estaban elaborando un gas para luchar contra los zombis, después de sopesar cual sería el lugar más seguro, decidimos venir a Canarias- aclara el coronel.
-Y ¿qué sucedió?- dice intrigado Miguel.
-Pues cuando nos dirigíamos hacia la parte norte de la isla donde teníamos una base preparada para nuestra llegada, nos topamos con un improvisado cuartel, pensamos que se trataba de supervivientes del holocausto zombi, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando nos acercamos y pudimos divisar realmente lo que era-el coronel mantiene una pausa y suspira.
-Nunca hubiera imaginado que esos espectros pudieran organizarse, y menos tener la capacidad de construir lo que tenía ante mis ojos era un enorme campamento y en el centro una enorme parabólica casera. Decidimos probar el gas que los científicos habían creado, era la mejor oportunidad y lo lanzamos desde los helicópteros, pero algo falló- Paulo agacha la cabeza y coloca la mano derecha  sobre su frente.
-Continúe coronel, luego ¿qué paso?- dice deseoso de saber más Miguel.
- En un principio los muertos vivientes respondían como era previsto, el gas les hacía efecto y caían como moscas pero algo extraño pasó, una monja zombi no daba síntomas de que el gas le hiciera el mínimo efecto, todo lo contrario, parecía que se lo tragaba como si nada. Luego, aquella figura emitió un grito que me heló la sangre, en ese preciso momento nuestros sistemas de vuelo empezaron a fallar y una luz blanca y esférica rodeó a aquella monja. Después de eso tan solo recuerdo que la luz nos cegó y caímos al vacío-
 Su rostro denota como todas sus emociones desaparecen tras el relato. El silencio inunda la caravana como una ráfaga de aire gélido, Miguel se queda consternado por lo que acaba de oír.


El teniente Marañón camina apresuradamente hacia nosotros, a su lado el cabo Fernández visiblemente afectado por lo acontecido. Marañón se inquieta al descubrir que la peor de sus pesadillas se hace realidad, agarra al cabo y le ordena que todos los soldados disponibles acudan ante él. Ángel se me acerca y, como si fuera un niño emocionado a la par que asustado, dice:
-Creo que la batalla final se acerca amigo, al otro lado los temibles orcos y criaturas de la noche…- señalando con el dedo a los muertos vivientes.
Le interrumpo antes de que acabe la frase y digo:
-Esa frase, ¿no es del Señor de los Anillos?- pregunto entre risas.
El teniente, que no se encuentra muy lejos, se percata de nuestras risas improvisadas y se encamina hacia nosotros. Sorprendido nos pregunta por nuestras risas en un momento como éste y le respondo que la escena que avistamos nos recuerda a la famosa trilogía del Señor de los Anillos, pero él puso cara de no saber de lo que le hablamos.
-Me alegro que mantengáis ese ánimo, siempre es mejor un soldado con buen humor que uno acojonado- en ese momento se gira y mira al cabo.
El cabo se da por aludido y agacha la cabeza como quien reconoce su culpa. Sin darnos cuenta ya casi todos los hombres de Marañón se encuentran formando y preparados para recibir nuevas órdenes. El teniente, desde la parte de arriba, se dirige a los soldados y hace lo que mejor sabe hacer, organizar y preparar a su gente para la ofensiva. Le murmura algo al oído a un soldado cercano a él y éste sale escopetado como si le acabaran de meter un petardo en el culo. Marañón se me acerca y dice:
-Estáis a punto de ver la mejor máquina de guerra construida por el ejército español- dice con una sonrisa de oreja a oreja.

domingo, 3 de junio de 2012

ZOMBIS EN CANARIAS capitulo 27º


El coronel Paulo analiza la situación en que se encuentra: un hombre asiático le apunta con un fusil mientras Sara intenta calmarlo diciéndole que no es peligroso. Pasado el momento de tensión, el hombre de raza oriental baja su arma y se acerca para estrecha la mano:
-Lo siento amigo, pero nunca sabes con lo que te puedes encontrar, me llamo Bruce Lee- dice en tono más calmado.
El coronel asiente con una minúscula sonrisa.
- Vaya, te llamas igual que el famoso karateca de las películas, jeje- responde el coronel.
Su cabeza traza un maquiavélico plan: sabiendo que necesita toda la ayuda posible, aunque viniesen los palurdos de pueblo, intentará entrelazar un vínculo que le permita manejar aquel grupo reducido de supervivientes. El hombre de cabeza rapada se acerca al coronel y le suelta:
-Ya veo que eres militar, ¿qué rango tienes, abuelo? Por cierto, yo soy David.
El coronel acalorado porque le llamen abuelo por segunda vez en un día, le responde apresuradamente.
- En primer lugar, soy teniente, hijo y, en segundo lugar, como le dije a Sara, no soy tan viejo como creéis y, por último, podría darte una buena tunda si no estuviera medio cojo.
David arruga las facciones de su cara sorprendido por la firme respuesta de aquel viejo y, segundos después, le tiende la mano para estrecharla con el coronel de manera un tanto suspicaz. Sara le indica que su campamento esta cerca de las casas colindantes, tras caminar unos dos minutos por un verde y frondoso césped, el coronel se da de lleno con una realidad inesperada. Ante sus ojos tiene decenas de supervivientes, apiñados en pequeñas tiendas en forma de iglú, extendidas en una explanada que parece ser un campo de golf. Hay un grupo de cinco niños de edades entre ocho y no más de doce años que están jugando con unas piedras y palos. Una pareja de ancianos acurrucados en el suelo le lanzan una mirada de desconfianza.

Ana siente que ha llegado su final, pero es extraño, los zombis no la atacan, tan solo la están rodeando como si fueran un coro expectante. Ana se gira en todas las direcciones intentado captar cualquier movimiento y, de repente, se abre una brecha entre los muertos que deja ver un cuerpo dirigiéndose hacia ella distinguiendo el caminar de una mujer sombría. Su forma de moverse no es humana, es como si levitara del suelo unos pocos centímetros, a cada metro que se acercaba puede discernir las facciones de su rostro.  Su cabello es de un blanco níveo, sus ojos son del color del sol y su tez, aun más blanca que su propio cabello, está cubierta con lo que parece un chaleco militar. Ana aterrada y asustada por no tener escapatoria, realizando un último intento por salvar la vida se abalanza sobre unos muertos y los golpea para poder abrir una ranura de escapatoria. Nada más caer el primer zombi al suelo tras el puñetazo de Ana, la estampa de Jana surge delante de ella. Ana la observa de arriba abajo y la mujer le sonríe  diabólicamente, levantando la voz para decir:
-No te resistas, no tienes a donde huir-
-¿Quién eres? y ¿qué quieres de mí?- le responde sudorosa Ana.
-Jajajajajajaaaaaaaa-
La carcajada retumba en los oídos de Ana de tal manera que le taladra el cerebro, parece salida de la garganta del mismo satán, Jana se gira y le da la espalda mientras sigue riendo.
Los zombis se arrojan sobre Ana, sin darle tiempo a reaccionar y la inmovilizan, uno de ellos le golpea en la cabeza de forma que queda inconsciente.

Casi cuando hemos terminado la suculenta cena, irrumpe un soldado en el salón, tiene cara de preocupación, se acerca al oído de Marañón y le susurra algo. Segundos después el teniente se levanta y dice que le perdonemos pero que algo requiere su presencia. Miro a Marian y seguidamente a Marañón.
-¿Qué sucede teniente?- digo intrigado.
-La patrulla que mandamos para un reconociendo, no ha regresado y la noche está cayendo- dice con inquietud.
-Si puedo ser de ayuda, tan solo dígamelo- comento por formalismo.
-Pues….la verdad es que nos vendría bien algo de ayuda, sabiendo la dilata experiencia que tiene con lidiar con los muertos- responde agradecido.
Marian cabizbaja me coge de la mano, yo me agacho y  le cuchicheo que para qué diría nada y no mantendría la boquita cerrada. El teniente con un gesto de la mano me indica que tenemos que apresurarnos. Corro detrás del teniente mientras Marian me sigue donde, al salir del salón de comidas, nos topamos con un escuadrón de soldados bien uniformados, rápidamente contabilizo ocho hombres. Marian me despide con un apasionado beso y se aleja en dirección al puesto de enfermería, el teniente se acerca a uno de los soldados y dice:
-Este hombre les acompañará, tiene experiencia con esos seres, ¿de acuerdo cabo?-
-¡Señor, sí señor!- responde con fuerza el cabo.
Justo cuando me incorporo al escuadrón y me estoy presentando al cabo, una voz  que me resulta ligeramente familiar  grita mi nombre a los cuatro vientos.
-¡Iker, Iker!, no te irás sin mí ¿no?- dice con ímpetu Ángel a lo lejos.
Natalia, que viene detrás de él, le sorprende tirando de su mano como si fuera una serpiente y se enrosca en su boca casi dejándolo sin aliento al pobre Ángel. El cabo, que está justo a mi lado, me pega un codazo para advertirme de que tenemos algo de prisa, sin mediar palabra le indico con mi brazo a los tortolitos  que terminen su despedida. Ángel corre hacia donde estamos y, con un enorme y fuerte apretón de manos, nos reencontramos como si hubieran pasado siglos sin vernos.

Ana nota como si la cabeza le pesara, todavía no puede quitarse de su mente las carcajadas de Jana, se intenta rascar la cabeza, cuando se da cuenta de que todas sus extremidades están atadas a una especie de barra de madera de la cual se encuentra colgando como si fuera un animal que acaban de cazar. Ana es transportada por dos muertos vivientes que, por su vestimenta, debían de haber sido policías. Ana contempla como la noche ha caído y el cielo se empieza a estrellar acompañado de un aire gélido que la hace tirotear de frio. Ana se balancea por el continuo movimiento de los zombis al caminar, en uno de estos meneos divisa una enorme multitud de muertos vivientes detrás de ella, la luz de la luna llena le rebela a miles de caminantes.

El coronel Paulo, le pregunta a Sara si en aquello que parece una comuna tienen algún líder o algo parecido. Sara  le responde que un  policía ha tomado las riendas del campamento y que no todos están de acuerdo con sus órdenes, incluida ella. Paulo le indica que le lleve hasta él y Sara, sin mediar palabra ninguna, camina en dirección al centro del campamento donde se sitúa una caravana típica de color blanco y estructura de sándwich. De dicha caravana salen dos hombres, uno vestido con pantalones vaqueros y jersey amarillo con el logo de McDonald’s y el otro es sin duda era el líder, pues lleva el uniforme de la policía local. Al ver como nos acercar hacia ellos, el policía se apresura a despedir al hombre y éste, como no queriendo terminar su conversación, le increpa diciéndolo que aquello no quedaría así. Sara, como no queriendo acercarse más, me indica que continúe solo hacia la caravana, aunque no hizo falta, pues el policía viene a nuestro encuentro.
–Hola, soy Miguel Mas, bienvenido al último resquicio que queda en la isla, que sepamos- dice abriendo las manos en cruz.
-Hola, soy el teniente Paulo- responde fríamente  el coronel.
- Ya veo que eres militar, nos vendrá bien algo de mando en este caos-  confiesa, como si en aquellas palabras hubiera liberación.
- ¿Podemos hablar en un sitio en privado?- pronuncia con voz ronca.
- Por supuesto, pasa a mi humilde despacho- indicando la puerta de la caravana.

Después de convencer al cabo Fernández para que Ángel nos acompañara, nos disponemos a montar en los jeep cuando un chillido desde el fondo de la barricada nos alerta de un peligroso porvenir. Varios soldados apostados en el muro de defensa corren de un lado para otro, en busca de una mejor posición. El cabo se baja velozmente y corre hacia  ellos. Ángel y yo lo seguimos buscando una explicación para aquel follón. Nada más llegar nuestros ojos contemplan el peor de los escenarios posibles, todo un tropa de muertos vivientes se encuentra a las puertas del que fuera, por ahora, nuestro nuevo hogar. Lo raro de aquella escena es que observamos en el centro de la multitud de zombis, una especie de trono adornado por unos neones con el nombre de Gaia. Debajo de éste, una figura que no podemos distinguir muy bien, el cabo horrorizado no puede quitar ojo de aquellas palabras luminosas, su mano derecha empieza a temblar como si fuera un flan y titubea unas palabras intangibles. Ángel mira al cabo y le dice que tenemos que movilizarnos, pero él sigue teniendo la mira fija en las luces de neón, como si lo hubiesen hipnotizado. Le bamboleo para ver si vuelve en sí y, por fin, consigo que vuelva al mundo real. Rápidamente manda a llamar al teniente, para que sopese la situación, mientras nosotros permanecemos inmóviles ante el avance del ejército de muertos.

domingo, 18 de marzo de 2012

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 26º - 2ºPARTE


La enorme lámpara de cristales situada en el salón del teniente Marañón, se ilumina mientras Marian y yo nos sentamos a la mesa. La mesa está compuesta por un mantel de color gris marengo, el cual oculta el color caoba de la madera, su forma cuadrada y pequeña, denota que no caben muchos invitados. En el centro de la mesa, un decantador de cristal resalta por su contenido, vino blanco. Un joven militar de aspecto impecable sale de una puertecilla de detrás de Marañón, trayendo un enorme caldero sopero del cual nos sirve primero, a los invitados y, por último, al teniente quien da salida a la primera palabra de la noche:
- Supongo que hace tiempo que no comes caliente, ¿verdad?- sonríe.
- Hace unas horas me encontraba escapando de una horda de caníbales y ahora tengo delante de mí todo un manjar, ya no recuerdo el último día que mi boca probó una comida caliente- respondo.
Marian se gira y me mira, su cara muestra pena y alegría a la vez, empezamos a sorber la deliciosa sopa de pollo, en cuanto la primera cucharada de líquido se deposita en mi estómago, este lo agradece en forma de ruidos incontrolables, lo cual me hace sentir un tanto incómodo. Tengo tantas preguntas y dudas que hacerle al teniente que todas ellas se esfuman nada más ver los formidables filetes que acarrea el joven camarero en una bandeja. El teniente nos sirve del decantador un vino que resplandece con la luz de la lámpara y, por un instante, por uno solo, me imagino que nada ha cambiado, que nunca hubo un virus  que derrumbara la civilización humana, que volvería a mi trabajo, con mi querido compañero Víctor, pero la fría mano de Marian sobre la mía, me devuelve a la realidad.
- Presumo que estarás informado de que ya no tenemos gobierno, ni monarquía- dice el teniente, aunando una mueca de  dolor.
-La verdad es que todo ha sido tan rápido que todavía estoy asimilándolo- le respondo mientras fijo mis ojos en los suculentos filetes.
El teniente asiente con la cabeza y se dispone a repartir los filetes.
-Tenemos contacto por radiofrecuencia con pequeños grupos de resistencia repartidos por toda España- informa el teniente.
Yo estoy tan hambriento que solo gesticulo de forma afirmativa a todo lo que Marañón dice, mientras voy dirigiendo el primer bocado de filete hacia mi boca. El teniente me pone al corriente de como los grupos de supervivientes de otras comunidades se las arreglaban para salir adelante. Le interrumpo y pregunto por mis compañeros de viaje, pero él me evade la consulta con otra pregunta, de cómo habíamos podido cruzar la autopista y salir ilesos del ejército de los muertos vivientes y llegar tan lejos. Le cuento todo mi odisea desde cuando me colé en el hospital y me atraparon, de cómo conocí a Ángel, cómo Natalia se cruzó en nuestro camino al salir de la sangría que se había producido en la plaza del Adelantado. Nuestro encuentro con la familia alemana y el niño devorado en la azotea de la casa de la playa.

Jana mira con desconcierto la autopista, no tiene toda la certeza de lo que está buscando, pero su instinto le dice que tiene que ir al sur. Echa un repaso a su ejército de zombis, una enorme hilera completa toda la carretera como si fueran abejas que siguen a su reina. Cierra los ojos y su cara se convierte en un reflejo de paz y concentración, su mente se encuentra vagando por la autopista a una velocidad de vértigo, como cuando en las películas ponen la cámara súper rápida. En ese trance, no muy lejos puede distinguir dos vehículos de color verde, los cuales están ocupados por una cuadrilla de militares en cada uno, dirigidos por una mujer con el pelo rojo que no para de apuntar con la mano de forma autoritaria a las cunetas de la autopista. Jana recupera su conciencia y alerta a su séquito de la llegada de un comité de bienvenida, un pequeño grupo de muertos se aleja de la fila y se agrupa para continuar por otro sendero. Jana se coloca a la cabeza de la columna que forma la legión de zombis y, con un  chillido que podía haberlo provocado el mismo diablo, ordena que no se muevan.
Ana les indica a sus compañeros que deben mirar bien en los bordes de la autopista, siempre puede salir algún caminante por sorpresa y joderte el día. Un enorme alarido como proveniente del mismo averno, hace parar en seco los jeep, todos se mirar entre sí y dirigen la mirada al unisonó hacia Ana, esperando las próximas ordenes. A Ana se le ha helado la sangre, nunca había escuchado tal bramido en su vida, aquello no podía traer nada bueno se dice a sí misma, pero Marañón había sido escueto en la misión, no debían volver sin traer al menos alguna explicación al fenómeno proveniente del norte. Ordena continuar la marcha y seguir manteniendo la trayectoria de la carretera, no pasan más de cinco minutos de la partida cuando divisan a lo lejos todo un ejército zombis. Ana, avivadamente ordena parar los motores, saca sus prismáticos y lo que divisa al otro lado no es de su agrado. Puede ver como los muertos vivientes forman una enorme columna que no tiene fin y a la cabeza de ésta una extraña figura femenina, como si los dirigiera. No llega a verla bien, gira los primaticos unos grados más para acercarse y cuando enfoca el objetivo, se encuentra de lleno con los ojos de Jana inyectados en sangre, es como si la monja también pudiera verla a lo lejos. Ana, por segunda vez en su vida, experimenta el miedo como si fuera una gélida ráfaga de viento inesperada que invade todo tu cuerpo, la única vez que lo había sentido, fue cuando le comunicaron la muerte de su padre. Intenta reaccionar, pero sus neuronas están asimilando lo sucedido y tarda varios segundos en dar la orden de volver a la base.
Cuando el primer jeep se dispone a girar para dar la vuelta, un grupo de casi una centena de zombis se abalanza sobre ellos. No les da tiempo a rebelarse y caen bajo las garras y fauces de los hambrientos muertos. Ana se encuentra en el otro jeep, y contempla la macabra escena, parece sacada de una película gore. Sus compañeros intentan disparar a bocajarro para apartar a la muchedumbre del jeep, pero es imposible, son muchos para tan pocas balas y no tardan en acercase y devorarlos como han hecho con sus otros camaradas. Ana aparta de un codazo al conductor y toma la iniciativa de manejar el jeep, mientras los demás no paran de disparar contra la horda de zombis. Gira con brusquedad hacia la izquierda y endereza el volante hasta que el vehículo se encuentra de frente con el grupo de caminantes, acelera con tal fuerza que parece que su pie fuera un bloque de piedra, los dos zombis más próximos al jeep salen despedidos hacia los lados por la fuerza de la embestida del coche, pero los siguientes no son tan fáciles de apartar y consiguen ralentizar la marcha hasta un punto que el jeep no puede avanzar ya que el cuerpo de uno de los muertos se queda atascado en la rueda trasera. Ana dispara en todas las direcciones posibles, pero son demasiados y cuando se da cuenta se encuentra sola ante el peligro, sus colegas son pasto de los muertos vivientes.  

viernes, 30 de diciembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 25º Fin de la 1ºparte


El coronel mira a su alrededor y, flotando en las fétidas aguas, distingue latas oxidadas, “utensilios” del aseo femenino  y alguna que otra rata panza arriba. Continúan el camino hasta que, a unos 200 metros, divisan una boca de luz. Por fin, el coronel Paulo vislumbra la cara de su acompañante, por su físico no tendrá más de veinte años, larga cabellera lisa de color azabache y enormes ojos marrones  como el café. Lo que más le llama la atención es la expresión de su cara, pétrea  y fría. 
-Venga,  ya falta poco para llegar al refugio. Por cierto, me llamo Sara-dice la chica.
-Yo soy el co…ejem, bueno, me llamo Paulo. Muchacha, ¿cuántos años tienes?- le pregunta.
-Los suficientes para salvarte la vida. ¿No crees viejo?...jeje- responde con sarcasmo.
-No te andes con rodeos, ¿adónde me llevas? Y, por cierto, no soy tan viejo- le  dice intrigado el coronel.
-Tú camina y verás, estamos muy cerca- le responde mientras salta una valla que delimita dos chalets.
El coronel tensa la musculatura de la pierna herida y pega un brinco. Nada más pisar el césped, dos hombres ataviados con armas surgen de las esquinas de los chalets. Uno de ellos tiene la cabeza rapada al cero y su vestimenta le delata que es cazador, o lo fue. Mientras apunta al coronel con cara de pocos amigos, le interroga preguntándole que quién es y qué hace aquí. Su acompañante, con apariencia de típico dependiente chino de bazar, permanece alerta esperando la reacción del coronel.

Jana siente que alguien la está espiando, dirige su mirada al cielo y, entre las nubes, distingue un pequeño artilugio en forma de avioneta. Se agacha, recoge una enorme piedra y la lanza contra aquello desestabilizando al aparato. En menos de un segundo el objeto volante cae sobre la cabeza de uno de los zombis. Jana sale corriendo en busca de él, atravesando la masa de muertos vivientes que se encuentra por el camino. Cuando llega a su objetivo descubre que, sorprendentemente, el artefacto tiene una especie de cámara conectada a una minúscula mochila en la cual puede distinguir el logotipo de la bandera americana. Las preguntas invaden su cabeza, pero no hallan ninguna respuesta plausible. Lo recoge con una mano y cierra ésta hasta hacerlo añicos.
-¡Malditos bastardos! – grita Jana.
Un grupo de zombis se quedan mirando a Jana, ella les indica con el brazo extendido y señalando la autopista, el nuevo camino a seguir.
La conversación con el teniente Marañón es muy breve ya que, nada más estrecharle la mano, uno de sus subordinados le requiere en el puesto de mando. Antes de marcharse nos dice que esta noche estamos invitados a cenar con él. Después de aquello nos dirigimos al comedor, no sin percatarme de que Marian se encuentra un poco distante y ensimismada, es decir, como en otra galaxia. El comedor está lleno de gente que espera su ración y la cola para conseguirla se hace cada vez más larga. Entonces Marian  vuelve al mundo real y hace llamar a un cabo que se encuentra al principio de la cola y, con un gesto de su mano, pasamos por delante de todos. Ángel y Natalia suspiran aliviados porque tienen un hambre feroz. El cabo nos indica una mesa apartada de las demás, recogemos unas bandejas en la cuales nos sirven una especie de puré amarillo acompañado de verdura, una manzana y unas botellas de agua, y nos dirigimos a nuestra mesa. Una vez en ella, Ángel aparta la verdura con la mano y dice que nunca fue un conejo para comer hierba y que no lo va a ser ahora. Natalia le coge de la solapa y le susurra que no sea descortés  y que se la coma, Marian me mira de reojo y sonríe de esa manera que solo ella puede hacer. El silencio fue protagonista en la comida:
–Se ve que el hambre no deja soltar palabra- dice Natalia.
Ángel intenta decir algo, pero se le escapa la comida de la boca dejándola caer por la barbilla, Ese momento cómico nos arranca a los cuatro unas carcajadas.
Tras la comida nos envían a las que serán nuestras tiendas de campaña, Natalia y Ángel se retiran apresuradamente hacia la más alejada, sus risas y continuos tocamientos me dicen que van a dormir caliente esta noche. Marian también me lleva a una tienda apartada de las demás, parece un sitio discreto, aislado del barullo de la gente. Entro sigilosamente detrás de ella e inmediatamente noto una erección que hace que mis pantalones sean cada vez más pequeños. Me acerco un poco más a ella, y puede comprobar lo húmedo que tiene sus labios cuando la beso apasionadamente. Poco a poco voy desabrochando uno a uno los botones de su blusa y, sin esperar respuesta por su parte, me dispongo a desanudar su sujetador. Al abrazarla puedo sentir el perfume embriagador de su piel, acaricio suavemente sus pechos y ella emite un pequeño gemido haciéndome denotar que le gusta. Marian pone su mano en mi pantalón y comienza a pasar sus dedos por mi pene lo que me calienta tanto que le digo que me abra la bragueta, lo hace y comprueba lo ardiente que estoy. Sin más preámbulos nos desnudamos y  nos tumbamos sobre una especie de colchón hecho con gomaespuma que yace en el suelo, suavemente separo sus piernas y compruebo con mi mano lo húmedo que está. Acerco mi cabeza a la suya, la miro a los ojos y le digo que la quiero, ella echa a llorar y me pide que le haga el amor, yo deseo hacerlo con toda mi alma. 

domingo, 4 de diciembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 24º


-Aunque resulte difícil de creer, lo que acabamos de sentir proviene de la zona muerta del norte. Vamos a mandar a un grupo de hombres para averiguar lo que ha ocurrido, no os preocupéis, está todo bajo control- nos informa mientras la gente escucha en silencio reverente a aquel hombre. Luego levanta los brazos una y otra vez como si fuera el director de una orquesta cediendo la palabra a la muchedumbre que intenta hablar. Yo le pregunto a Marian susurrándole al oído que quién demonios es ese tío.
- Es el teniente Marañón, de los pocos que no han huido dejando al pueblo canario a su suerte, muchos altos cargos viendo lo que se avecinaba se marcharon en sus aviones y barcos privados, ¡¡los muy cabrones!!- me responde en voz muy baja.
Me giro a mi derecha y antes de que pronuncie palabra alguna, Ángel espeta:
 - ¡¡Este hombre es un ejemplo, pudo ser rico y vivir tranquilo en su finca particular, pero no, se la jugó por sus ideales. Él tenía una misión en Afganistán muy complicada y finalmente la cumplió!! .
- ¿Deduzco que lo conoces no?- Le pregunto.
- Es uno  de los poco amigos que tenía mi comandante y venía regularmente al cuartel- dice orgulloso.
Inicialmente el discurso del teniente Marañón se desarrollo con relativa paz, pero tras varios minutos, diversos hombres provocan un pequeño altercado, gritándole que no respeta los derechos humanos, que la gente que tienen en cuarentena son personas y no animales. Este les reprocha que si ellos creen que pueden hacerlo mejor que él, les invita a tomar el mando de la situación. Les hace razonar diciéndoles que qué más da la situación precaria en la que se encuentran esas “personas” si eso es lo de menos, están infectados. El silencio vuelve a reinar en la sala, el coronel termina por decir que esta noche tendrá lugar otra reunión para discutir temas de logística. Unos minutos después de terminar el discurso, la gente se disipa y el teniente baja del improvisado atril. Marian se gira y nos  pregunta si queremos primero comer o ducharnos y, justo cuando voy a contestarle, la voz del teniente retumba en mis oídos como si lo tuviera justo a mi lado. Me vuelvo y mis ojos se cruzan directamente con los suyos y su abdomen prominente, que hace que me tambalee hasta que recupero el equilibrio. Su cara cubierta por una extensa barba blanca me recuerda a mi abuelo y sus ojos avellanados me infunden confianza. Sin dejar de mostrar una afable sonrisa dice:
-Marian, ¿no nos vas a presentar?­-


Jana busca algo de ropa entre los escombros donde halla el cuerpo sin vida de uno de los pilotos del helicóptero. Lo mira de arriba abajo, con curiosidad, y tras pensarlo unos segundos, toma los pantalones de éste y se los enfunda. También le quita el chaleco antibalas, se sube la cremallera y, con una mirada cargada de rabia, busca a los pocos zombis que han resistido a la hecatombe. Con un pensamiento, les ordena que se reúnan con ella y que busquen a los militares supervivientes, si existen.
El coronel Paulo se percata de que los zombis están buscándolo y, tras caminar entre los restos de los edificios, encuentra una pequeña alcantarilla en la que se arrodilla como puede, no sin antes echar una mirada por si algún zombi le escucha. Coloca el bastón de forma que haga palanca sobre la tapa de la alcantarilla y, con la poca fuerza que le queda, la levanta. Nada más abrirla, un fuerte olor fecal invade el olfato del coronel Paulo, comienza a tener arcadas así que decide convencerse a si mismo que en peores sitios ha tenido que meterse para poder superar la situación. Justo cuando el coronel empieza a descender, un zombi se adentra en la zona donde se encuentra, asomándose a la boca del sumidero. Con una maestría impecable, el coronel desenfunda su pistola y, en mitad del trayecto de bajada, le dispara justo en mitad de la frente. El zombi se cae de espaldas, alertando a los demás zombis cercanos. El coronel retoma el bastón, salta al fondo del conducto y corre como puede por el arroyo de aguas fecales que transcurre por el subsuelo de la ciudad.
Jana oye un disparo a  lo lejos  y se encamina para saber si los zombis se han topado con algo. Al llegar, solo ve un tumulto de sus zombis rodeando una alcantarilla, echa un vistazo a uno de ellos que yace postrado en el suelo con un disparo en la cabeza y deduce que alguien se mantiene con vida. Con un gesto de cabeza ordena a unas decenas de zombis que vayan tras él.
El coronel Paulo se afana en dejar atrás a los zombis  que le persiguen, pero su escaso conocimiento sobre la zona subterránea de la ciudad y el dolor de la pierna no le dejan pensar claramente, además, los aullidos de los muertos empiezan a oírse muy cerca. Por un momento el coronel piensa en hacerles frente, pero mira la munición que tiene y se da cuenta que no tendrá suficientes balas para todos. Se sacude la cabeza de un lado hacia otro y vuelve a retomar la huida,  cuando una mano le sorprende salida de uno de los estrechos túneles oscuros del alcantarillado. Le atrapa por la solapa de la cazadora militar y tira de él hacia dentro. La oscuridad no le deja ver el rostro de la persona que tiene en frente, parece una mujer, por su silueta, un gesto de su dedo en la boca le avisa de que se mantenga en silencio e inmediatamente después, lo agarra de la mano y hace que le siga. Tras caminar unos metros por el angosto conducto y tener cada vez más agua en las botas, el coronel intenta dirigirse a la figura y ésta le susurra que tenga cuidado donde pisa, pues hay partes que son más profundas. El coronel le dice:
- El olor es insoportable, tal vez tengas la nariz tapada y no lo notes, pero yo estoy a punto de…
- ¡Quieres callarte y seguir caminando!- le interrumpe la misteriosa figura.
A medida que van marchando se puede vislumbrar una luz azul al final del pasillo, el coronel se siente ansioso de tener algo más de visibilidad para ver el aspecto de su acompañante. Justo cuando están llegando, un bramido los hace parar en seco, el coronel no se lo piensa y le ordena a la figura que se eche al suelo pero ésta, sin saber qué hacer, se queda de pie inmóvil. Sin tiempo que perder, el coronel se abalanza sobre ella y se sumergen en el agua fecal. Bajo el agua, escuchan unos pasos que no se percatan de su presencia y, tras unos segundos eternos sin escuchar nada más que el golpeo de las gotas de agua en el fondo de la galería y los ligeros pasos de alguna rata, afloran a la superficie.

domingo, 13 de noviembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 23ª


Una vez desencadenada una fuerza inmensa, se expande a través del universo en busca de su final. El coronel Paulo se recoge la pierna derecha mal herida por la caída del helicóptero, no es grave, parece superficial, también se da cuenta de que tiene un par de costillas fracturadas. Echa un vistazo y ve que es el único superviviente del accidente, sudoroso se apoya sobre la pared del túnel que,  por causas del destino, no se ha visto afectada por la explosión. Dirige su mirada hacia el cielo perplejo por lo acontecido y, de repente, un aullido lo hace volver a la tierra. Los pocos zombis que se encuentran cerca del suceso, surgen de entre los escombros en busca de su particular diosa, o tal vez una presa. Era cuestión de tiempo que los muertos vivientes le encontraran.
A pocos metros de allí Jana observa desde una montaña de escombros, que alcanza los cien metros de altura,  como todo lo ocurrido ha cambiado la estampa de la ciudad. Se encuentra en medio de un enorme agujero como producido por una bomba atómica, rodeado de edificios derrumbados de los cuales emana agua  como si fueran manantiales, la mitad de la ciudad se halla inundada. Una brillante luz golpea la cara de Jana, con  un gesto de mano intenta cubrirse del sol cegador, y se da cuenta de que no lleva nada de ropa encima.
Salgo de la tienda de la mano de Marian tras pasar positivamente el control, esperamos unos minutos fuera a que Ángel y Natalia terminen también la inspección. Marian me comenta que tiene muchas cosas que contarme y que no veía el momento de estar a solas, yo también anhelaba estar con ella, si ella supiera las cosas que tengo que contarle. Natalia es la primera en salir, con cara de alegría  como si le hubiera tocado la lotería y detrás llega Ángel malhumorado, colocándose la cazadora militar y soltando unos cuantos insultos, por lo humillante que le había parecido el protocolo.
-Tengo que presentarte a mis compañeros de andaduras, ella es Natalia y el que tiene cara de cabreo es Ángel- le revelo a Marian.
Marian nos lleva al comedor ya que nuestras tripas empiezan a delatar que hace tiempo que no comemos algo decente, durante el camino nos arranca una sonrisa cuando dice que tenemos un buffer libre en el campamento.
-La mayoría de refugiados están libres de contagio pero unos pocos  presentan síntomas de la infección, por eso se creó una zona de reclusión, supongo que la habéis visto al pasar- dijo Marian sin perder de vista la tienda que dejamos atrás.
Súbitamente, una  enorme explosión acompañada de una luz emergente que procede de la parte norte de la isla concentra toda nuestra atención, todo el mundo del campamento se queda inmóvil. Me encuentro contemplando una nube de humo negro que ocupa el lugar en el que está el cielo. Una ráfaga de aire caliente proveniente del estampido atraviesa nuestros cuerpos de manera que no podemos mantenernos en pie y caemos al suelo. Un segundo después de que termina de pasar el aire, el cielo se ennegrece e inmediatamente,  una luminiscencia que nace de aquel acaecimiento, traspasa el cielo hasta un punto que no puede seguirse con los ojos.
El coronel Paulo intenta ponerse en pie, tras varios intentos lo consigue. Camina hacia el tomahawk que está ardiendo y se fija en los restos de material que se han esparcido alrededor, con gesto torpe busca algo que le pueda ser de ayuda. Sacude el polvo a una mochila que parece haber sufrido daños, la abre y rebusca. Encuentra unas vendas, con ellas podrá vendarse la pierna y sus costillas, sigue hurgando dentro de ella y, para su sorpresa, encuentra el mando del dispositivo Sol. El coronel sonríe y se dice así mismo que acabará con aquella abominación surgida de los infiernos. El dispositivo Sol es un satélite lanzado al espacio en el 2010, había sido creado en secreto por el gobierno para posibles invasiones  extranjeras, reúne lo último en tecnología armamentística y está considerada como el arma definitiva. El coronel termina de atar la venda a sus costillas fracturas y,  con paso indolente y apoyado por un improvisado bastón, se encamina en busca de Jana.
- ¿Habéis visto eso?, joder, ¿qué coño ha pasado?- dice Ángel alterado.
No tengo la más mínima idea de lo que ha sucedido pero, fuera lo que fuese,  debe de ser algo muy gordo para verse desde tan lejos y, para colmo, la caída me ha dejado el culo magullado. La multitud se coloca en pie tras la tremenda sacudida, varios hombres vestidos de militares corren hacia un camión y, detrás de ellos, a lo lejos distingo una fila del equipo de la U.M.E. comandada por Ana que grita:
-¡Qué todo el mundo se dirija al punto reunión!
Natalia, que está justo detrás de mí, se sacude la tierra y suelta unos cuantos improperios. Mientras Marian parece visiblemente nerviosa e intenta que la sigamos corriendo hacia el centro de reunión. Al llegar nos topamos con un recinto de convenciones con un área dividida en varios salones: una sala de descanso para los soldados, otra destinada a actividades científicas y en el que nos encontramos que presenta forma de plazoleta, dos pantallas laterales de 4x4, una pantalla principal de 5x5, unas 500 sillas y, por último, un atril donde un hombre vestido con el uniforme de la marina apoya su codo izquierdo y alza la voz.