domingo, 18 de marzo de 2012

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 26º - 2ºPARTE


La enorme lámpara de cristales situada en el salón del teniente Marañón, se ilumina mientras Marian y yo nos sentamos a la mesa. La mesa está compuesta por un mantel de color gris marengo, el cual oculta el color caoba de la madera, su forma cuadrada y pequeña, denota que no caben muchos invitados. En el centro de la mesa, un decantador de cristal resalta por su contenido, vino blanco. Un joven militar de aspecto impecable sale de una puertecilla de detrás de Marañón, trayendo un enorme caldero sopero del cual nos sirve primero, a los invitados y, por último, al teniente quien da salida a la primera palabra de la noche:
- Supongo que hace tiempo que no comes caliente, ¿verdad?- sonríe.
- Hace unas horas me encontraba escapando de una horda de caníbales y ahora tengo delante de mí todo un manjar, ya no recuerdo el último día que mi boca probó una comida caliente- respondo.
Marian se gira y me mira, su cara muestra pena y alegría a la vez, empezamos a sorber la deliciosa sopa de pollo, en cuanto la primera cucharada de líquido se deposita en mi estómago, este lo agradece en forma de ruidos incontrolables, lo cual me hace sentir un tanto incómodo. Tengo tantas preguntas y dudas que hacerle al teniente que todas ellas se esfuman nada más ver los formidables filetes que acarrea el joven camarero en una bandeja. El teniente nos sirve del decantador un vino que resplandece con la luz de la lámpara y, por un instante, por uno solo, me imagino que nada ha cambiado, que nunca hubo un virus  que derrumbara la civilización humana, que volvería a mi trabajo, con mi querido compañero Víctor, pero la fría mano de Marian sobre la mía, me devuelve a la realidad.
- Presumo que estarás informado de que ya no tenemos gobierno, ni monarquía- dice el teniente, aunando una mueca de  dolor.
-La verdad es que todo ha sido tan rápido que todavía estoy asimilándolo- le respondo mientras fijo mis ojos en los suculentos filetes.
El teniente asiente con la cabeza y se dispone a repartir los filetes.
-Tenemos contacto por radiofrecuencia con pequeños grupos de resistencia repartidos por toda España- informa el teniente.
Yo estoy tan hambriento que solo gesticulo de forma afirmativa a todo lo que Marañón dice, mientras voy dirigiendo el primer bocado de filete hacia mi boca. El teniente me pone al corriente de como los grupos de supervivientes de otras comunidades se las arreglaban para salir adelante. Le interrumpo y pregunto por mis compañeros de viaje, pero él me evade la consulta con otra pregunta, de cómo habíamos podido cruzar la autopista y salir ilesos del ejército de los muertos vivientes y llegar tan lejos. Le cuento todo mi odisea desde cuando me colé en el hospital y me atraparon, de cómo conocí a Ángel, cómo Natalia se cruzó en nuestro camino al salir de la sangría que se había producido en la plaza del Adelantado. Nuestro encuentro con la familia alemana y el niño devorado en la azotea de la casa de la playa.

Jana mira con desconcierto la autopista, no tiene toda la certeza de lo que está buscando, pero su instinto le dice que tiene que ir al sur. Echa un repaso a su ejército de zombis, una enorme hilera completa toda la carretera como si fueran abejas que siguen a su reina. Cierra los ojos y su cara se convierte en un reflejo de paz y concentración, su mente se encuentra vagando por la autopista a una velocidad de vértigo, como cuando en las películas ponen la cámara súper rápida. En ese trance, no muy lejos puede distinguir dos vehículos de color verde, los cuales están ocupados por una cuadrilla de militares en cada uno, dirigidos por una mujer con el pelo rojo que no para de apuntar con la mano de forma autoritaria a las cunetas de la autopista. Jana recupera su conciencia y alerta a su séquito de la llegada de un comité de bienvenida, un pequeño grupo de muertos se aleja de la fila y se agrupa para continuar por otro sendero. Jana se coloca a la cabeza de la columna que forma la legión de zombis y, con un  chillido que podía haberlo provocado el mismo diablo, ordena que no se muevan.
Ana les indica a sus compañeros que deben mirar bien en los bordes de la autopista, siempre puede salir algún caminante por sorpresa y joderte el día. Un enorme alarido como proveniente del mismo averno, hace parar en seco los jeep, todos se mirar entre sí y dirigen la mirada al unisonó hacia Ana, esperando las próximas ordenes. A Ana se le ha helado la sangre, nunca había escuchado tal bramido en su vida, aquello no podía traer nada bueno se dice a sí misma, pero Marañón había sido escueto en la misión, no debían volver sin traer al menos alguna explicación al fenómeno proveniente del norte. Ordena continuar la marcha y seguir manteniendo la trayectoria de la carretera, no pasan más de cinco minutos de la partida cuando divisan a lo lejos todo un ejército zombis. Ana, avivadamente ordena parar los motores, saca sus prismáticos y lo que divisa al otro lado no es de su agrado. Puede ver como los muertos vivientes forman una enorme columna que no tiene fin y a la cabeza de ésta una extraña figura femenina, como si los dirigiera. No llega a verla bien, gira los primaticos unos grados más para acercarse y cuando enfoca el objetivo, se encuentra de lleno con los ojos de Jana inyectados en sangre, es como si la monja también pudiera verla a lo lejos. Ana, por segunda vez en su vida, experimenta el miedo como si fuera una gélida ráfaga de viento inesperada que invade todo tu cuerpo, la única vez que lo había sentido, fue cuando le comunicaron la muerte de su padre. Intenta reaccionar, pero sus neuronas están asimilando lo sucedido y tarda varios segundos en dar la orden de volver a la base.
Cuando el primer jeep se dispone a girar para dar la vuelta, un grupo de casi una centena de zombis se abalanza sobre ellos. No les da tiempo a rebelarse y caen bajo las garras y fauces de los hambrientos muertos. Ana se encuentra en el otro jeep, y contempla la macabra escena, parece sacada de una película gore. Sus compañeros intentan disparar a bocajarro para apartar a la muchedumbre del jeep, pero es imposible, son muchos para tan pocas balas y no tardan en acercase y devorarlos como han hecho con sus otros camaradas. Ana aparta de un codazo al conductor y toma la iniciativa de manejar el jeep, mientras los demás no paran de disparar contra la horda de zombis. Gira con brusquedad hacia la izquierda y endereza el volante hasta que el vehículo se encuentra de frente con el grupo de caminantes, acelera con tal fuerza que parece que su pie fuera un bloque de piedra, los dos zombis más próximos al jeep salen despedidos hacia los lados por la fuerza de la embestida del coche, pero los siguientes no son tan fáciles de apartar y consiguen ralentizar la marcha hasta un punto que el jeep no puede avanzar ya que el cuerpo de uno de los muertos se queda atascado en la rueda trasera. Ana dispara en todas las direcciones posibles, pero son demasiados y cuando se da cuenta se encuentra sola ante el peligro, sus colegas son pasto de los muertos vivientes.  

viernes, 30 de diciembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 25º Fin de la 1ºparte


El coronel mira a su alrededor y, flotando en las fétidas aguas, distingue latas oxidadas, “utensilios” del aseo femenino  y alguna que otra rata panza arriba. Continúan el camino hasta que, a unos 200 metros, divisan una boca de luz. Por fin, el coronel Paulo vislumbra la cara de su acompañante, por su físico no tendrá más de veinte años, larga cabellera lisa de color azabache y enormes ojos marrones  como el café. Lo que más le llama la atención es la expresión de su cara, pétrea  y fría. 
-Venga,  ya falta poco para llegar al refugio. Por cierto, me llamo Sara-dice la chica.
-Yo soy el co…ejem, bueno, me llamo Paulo. Muchacha, ¿cuántos años tienes?- le pregunta.
-Los suficientes para salvarte la vida. ¿No crees viejo?...jeje- responde con sarcasmo.
-No te andes con rodeos, ¿adónde me llevas? Y, por cierto, no soy tan viejo- le  dice intrigado el coronel.
-Tú camina y verás, estamos muy cerca- le responde mientras salta una valla que delimita dos chalets.
El coronel tensa la musculatura de la pierna herida y pega un brinco. Nada más pisar el césped, dos hombres ataviados con armas surgen de las esquinas de los chalets. Uno de ellos tiene la cabeza rapada al cero y su vestimenta le delata que es cazador, o lo fue. Mientras apunta al coronel con cara de pocos amigos, le interroga preguntándole que quién es y qué hace aquí. Su acompañante, con apariencia de típico dependiente chino de bazar, permanece alerta esperando la reacción del coronel.

Jana siente que alguien la está espiando, dirige su mirada al cielo y, entre las nubes, distingue un pequeño artilugio en forma de avioneta. Se agacha, recoge una enorme piedra y la lanza contra aquello desestabilizando al aparato. En menos de un segundo el objeto volante cae sobre la cabeza de uno de los zombis. Jana sale corriendo en busca de él, atravesando la masa de muertos vivientes que se encuentra por el camino. Cuando llega a su objetivo descubre que, sorprendentemente, el artefacto tiene una especie de cámara conectada a una minúscula mochila en la cual puede distinguir el logotipo de la bandera americana. Las preguntas invaden su cabeza, pero no hallan ninguna respuesta plausible. Lo recoge con una mano y cierra ésta hasta hacerlo añicos.
-¡Malditos bastardos! – grita Jana.
Un grupo de zombis se quedan mirando a Jana, ella les indica con el brazo extendido y señalando la autopista, el nuevo camino a seguir.
La conversación con el teniente Marañón es muy breve ya que, nada más estrecharle la mano, uno de sus subordinados le requiere en el puesto de mando. Antes de marcharse nos dice que esta noche estamos invitados a cenar con él. Después de aquello nos dirigimos al comedor, no sin percatarme de que Marian se encuentra un poco distante y ensimismada, es decir, como en otra galaxia. El comedor está lleno de gente que espera su ración y la cola para conseguirla se hace cada vez más larga. Entonces Marian  vuelve al mundo real y hace llamar a un cabo que se encuentra al principio de la cola y, con un gesto de su mano, pasamos por delante de todos. Ángel y Natalia suspiran aliviados porque tienen un hambre feroz. El cabo nos indica una mesa apartada de las demás, recogemos unas bandejas en la cuales nos sirven una especie de puré amarillo acompañado de verdura, una manzana y unas botellas de agua, y nos dirigimos a nuestra mesa. Una vez en ella, Ángel aparta la verdura con la mano y dice que nunca fue un conejo para comer hierba y que no lo va a ser ahora. Natalia le coge de la solapa y le susurra que no sea descortés  y que se la coma, Marian me mira de reojo y sonríe de esa manera que solo ella puede hacer. El silencio fue protagonista en la comida:
–Se ve que el hambre no deja soltar palabra- dice Natalia.
Ángel intenta decir algo, pero se le escapa la comida de la boca dejándola caer por la barbilla, Ese momento cómico nos arranca a los cuatro unas carcajadas.
Tras la comida nos envían a las que serán nuestras tiendas de campaña, Natalia y Ángel se retiran apresuradamente hacia la más alejada, sus risas y continuos tocamientos me dicen que van a dormir caliente esta noche. Marian también me lleva a una tienda apartada de las demás, parece un sitio discreto, aislado del barullo de la gente. Entro sigilosamente detrás de ella e inmediatamente noto una erección que hace que mis pantalones sean cada vez más pequeños. Me acerco un poco más a ella, y puede comprobar lo húmedo que tiene sus labios cuando la beso apasionadamente. Poco a poco voy desabrochando uno a uno los botones de su blusa y, sin esperar respuesta por su parte, me dispongo a desanudar su sujetador. Al abrazarla puedo sentir el perfume embriagador de su piel, acaricio suavemente sus pechos y ella emite un pequeño gemido haciéndome denotar que le gusta. Marian pone su mano en mi pantalón y comienza a pasar sus dedos por mi pene lo que me calienta tanto que le digo que me abra la bragueta, lo hace y comprueba lo ardiente que estoy. Sin más preámbulos nos desnudamos y  nos tumbamos sobre una especie de colchón hecho con gomaespuma que yace en el suelo, suavemente separo sus piernas y compruebo con mi mano lo húmedo que está. Acerco mi cabeza a la suya, la miro a los ojos y le digo que la quiero, ella echa a llorar y me pide que le haga el amor, yo deseo hacerlo con toda mi alma. 

domingo, 4 de diciembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 24º


-Aunque resulte difícil de creer, lo que acabamos de sentir proviene de la zona muerta del norte. Vamos a mandar a un grupo de hombres para averiguar lo que ha ocurrido, no os preocupéis, está todo bajo control- nos informa mientras la gente escucha en silencio reverente a aquel hombre. Luego levanta los brazos una y otra vez como si fuera el director de una orquesta cediendo la palabra a la muchedumbre que intenta hablar. Yo le pregunto a Marian susurrándole al oído que quién demonios es ese tío.
- Es el teniente Marañón, de los pocos que no han huido dejando al pueblo canario a su suerte, muchos altos cargos viendo lo que se avecinaba se marcharon en sus aviones y barcos privados, ¡¡los muy cabrones!!- me responde en voz muy baja.
Me giro a mi derecha y antes de que pronuncie palabra alguna, Ángel espeta:
 - ¡¡Este hombre es un ejemplo, pudo ser rico y vivir tranquilo en su finca particular, pero no, se la jugó por sus ideales. Él tenía una misión en Afganistán muy complicada y finalmente la cumplió!! .
- ¿Deduzco que lo conoces no?- Le pregunto.
- Es uno  de los poco amigos que tenía mi comandante y venía regularmente al cuartel- dice orgulloso.
Inicialmente el discurso del teniente Marañón se desarrollo con relativa paz, pero tras varios minutos, diversos hombres provocan un pequeño altercado, gritándole que no respeta los derechos humanos, que la gente que tienen en cuarentena son personas y no animales. Este les reprocha que si ellos creen que pueden hacerlo mejor que él, les invita a tomar el mando de la situación. Les hace razonar diciéndoles que qué más da la situación precaria en la que se encuentran esas “personas” si eso es lo de menos, están infectados. El silencio vuelve a reinar en la sala, el coronel termina por decir que esta noche tendrá lugar otra reunión para discutir temas de logística. Unos minutos después de terminar el discurso, la gente se disipa y el teniente baja del improvisado atril. Marian se gira y nos  pregunta si queremos primero comer o ducharnos y, justo cuando voy a contestarle, la voz del teniente retumba en mis oídos como si lo tuviera justo a mi lado. Me vuelvo y mis ojos se cruzan directamente con los suyos y su abdomen prominente, que hace que me tambalee hasta que recupero el equilibrio. Su cara cubierta por una extensa barba blanca me recuerda a mi abuelo y sus ojos avellanados me infunden confianza. Sin dejar de mostrar una afable sonrisa dice:
-Marian, ¿no nos vas a presentar?­-


Jana busca algo de ropa entre los escombros donde halla el cuerpo sin vida de uno de los pilotos del helicóptero. Lo mira de arriba abajo, con curiosidad, y tras pensarlo unos segundos, toma los pantalones de éste y se los enfunda. También le quita el chaleco antibalas, se sube la cremallera y, con una mirada cargada de rabia, busca a los pocos zombis que han resistido a la hecatombe. Con un pensamiento, les ordena que se reúnan con ella y que busquen a los militares supervivientes, si existen.
El coronel Paulo se percata de que los zombis están buscándolo y, tras caminar entre los restos de los edificios, encuentra una pequeña alcantarilla en la que se arrodilla como puede, no sin antes echar una mirada por si algún zombi le escucha. Coloca el bastón de forma que haga palanca sobre la tapa de la alcantarilla y, con la poca fuerza que le queda, la levanta. Nada más abrirla, un fuerte olor fecal invade el olfato del coronel Paulo, comienza a tener arcadas así que decide convencerse a si mismo que en peores sitios ha tenido que meterse para poder superar la situación. Justo cuando el coronel empieza a descender, un zombi se adentra en la zona donde se encuentra, asomándose a la boca del sumidero. Con una maestría impecable, el coronel desenfunda su pistola y, en mitad del trayecto de bajada, le dispara justo en mitad de la frente. El zombi se cae de espaldas, alertando a los demás zombis cercanos. El coronel retoma el bastón, salta al fondo del conducto y corre como puede por el arroyo de aguas fecales que transcurre por el subsuelo de la ciudad.
Jana oye un disparo a  lo lejos  y se encamina para saber si los zombis se han topado con algo. Al llegar, solo ve un tumulto de sus zombis rodeando una alcantarilla, echa un vistazo a uno de ellos que yace postrado en el suelo con un disparo en la cabeza y deduce que alguien se mantiene con vida. Con un gesto de cabeza ordena a unas decenas de zombis que vayan tras él.
El coronel Paulo se afana en dejar atrás a los zombis  que le persiguen, pero su escaso conocimiento sobre la zona subterránea de la ciudad y el dolor de la pierna no le dejan pensar claramente, además, los aullidos de los muertos empiezan a oírse muy cerca. Por un momento el coronel piensa en hacerles frente, pero mira la munición que tiene y se da cuenta que no tendrá suficientes balas para todos. Se sacude la cabeza de un lado hacia otro y vuelve a retomar la huida,  cuando una mano le sorprende salida de uno de los estrechos túneles oscuros del alcantarillado. Le atrapa por la solapa de la cazadora militar y tira de él hacia dentro. La oscuridad no le deja ver el rostro de la persona que tiene en frente, parece una mujer, por su silueta, un gesto de su dedo en la boca le avisa de que se mantenga en silencio e inmediatamente después, lo agarra de la mano y hace que le siga. Tras caminar unos metros por el angosto conducto y tener cada vez más agua en las botas, el coronel intenta dirigirse a la figura y ésta le susurra que tenga cuidado donde pisa, pues hay partes que son más profundas. El coronel le dice:
- El olor es insoportable, tal vez tengas la nariz tapada y no lo notes, pero yo estoy a punto de…
- ¡Quieres callarte y seguir caminando!- le interrumpe la misteriosa figura.
A medida que van marchando se puede vislumbrar una luz azul al final del pasillo, el coronel se siente ansioso de tener algo más de visibilidad para ver el aspecto de su acompañante. Justo cuando están llegando, un bramido los hace parar en seco, el coronel no se lo piensa y le ordena a la figura que se eche al suelo pero ésta, sin saber qué hacer, se queda de pie inmóvil. Sin tiempo que perder, el coronel se abalanza sobre ella y se sumergen en el agua fecal. Bajo el agua, escuchan unos pasos que no se percatan de su presencia y, tras unos segundos eternos sin escuchar nada más que el golpeo de las gotas de agua en el fondo de la galería y los ligeros pasos de alguna rata, afloran a la superficie.

domingo, 13 de noviembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 23ª


Una vez desencadenada una fuerza inmensa, se expande a través del universo en busca de su final. El coronel Paulo se recoge la pierna derecha mal herida por la caída del helicóptero, no es grave, parece superficial, también se da cuenta de que tiene un par de costillas fracturadas. Echa un vistazo y ve que es el único superviviente del accidente, sudoroso se apoya sobre la pared del túnel que,  por causas del destino, no se ha visto afectada por la explosión. Dirige su mirada hacia el cielo perplejo por lo acontecido y, de repente, un aullido lo hace volver a la tierra. Los pocos zombis que se encuentran cerca del suceso, surgen de entre los escombros en busca de su particular diosa, o tal vez una presa. Era cuestión de tiempo que los muertos vivientes le encontraran.
A pocos metros de allí Jana observa desde una montaña de escombros, que alcanza los cien metros de altura,  como todo lo ocurrido ha cambiado la estampa de la ciudad. Se encuentra en medio de un enorme agujero como producido por una bomba atómica, rodeado de edificios derrumbados de los cuales emana agua  como si fueran manantiales, la mitad de la ciudad se halla inundada. Una brillante luz golpea la cara de Jana, con  un gesto de mano intenta cubrirse del sol cegador, y se da cuenta de que no lleva nada de ropa encima.
Salgo de la tienda de la mano de Marian tras pasar positivamente el control, esperamos unos minutos fuera a que Ángel y Natalia terminen también la inspección. Marian me comenta que tiene muchas cosas que contarme y que no veía el momento de estar a solas, yo también anhelaba estar con ella, si ella supiera las cosas que tengo que contarle. Natalia es la primera en salir, con cara de alegría  como si le hubiera tocado la lotería y detrás llega Ángel malhumorado, colocándose la cazadora militar y soltando unos cuantos insultos, por lo humillante que le había parecido el protocolo.
-Tengo que presentarte a mis compañeros de andaduras, ella es Natalia y el que tiene cara de cabreo es Ángel- le revelo a Marian.
Marian nos lleva al comedor ya que nuestras tripas empiezan a delatar que hace tiempo que no comemos algo decente, durante el camino nos arranca una sonrisa cuando dice que tenemos un buffer libre en el campamento.
-La mayoría de refugiados están libres de contagio pero unos pocos  presentan síntomas de la infección, por eso se creó una zona de reclusión, supongo que la habéis visto al pasar- dijo Marian sin perder de vista la tienda que dejamos atrás.
Súbitamente, una  enorme explosión acompañada de una luz emergente que procede de la parte norte de la isla concentra toda nuestra atención, todo el mundo del campamento se queda inmóvil. Me encuentro contemplando una nube de humo negro que ocupa el lugar en el que está el cielo. Una ráfaga de aire caliente proveniente del estampido atraviesa nuestros cuerpos de manera que no podemos mantenernos en pie y caemos al suelo. Un segundo después de que termina de pasar el aire, el cielo se ennegrece e inmediatamente,  una luminiscencia que nace de aquel acaecimiento, traspasa el cielo hasta un punto que no puede seguirse con los ojos.
El coronel Paulo intenta ponerse en pie, tras varios intentos lo consigue. Camina hacia el tomahawk que está ardiendo y se fija en los restos de material que se han esparcido alrededor, con gesto torpe busca algo que le pueda ser de ayuda. Sacude el polvo a una mochila que parece haber sufrido daños, la abre y rebusca. Encuentra unas vendas, con ellas podrá vendarse la pierna y sus costillas, sigue hurgando dentro de ella y, para su sorpresa, encuentra el mando del dispositivo Sol. El coronel sonríe y se dice así mismo que acabará con aquella abominación surgida de los infiernos. El dispositivo Sol es un satélite lanzado al espacio en el 2010, había sido creado en secreto por el gobierno para posibles invasiones  extranjeras, reúne lo último en tecnología armamentística y está considerada como el arma definitiva. El coronel termina de atar la venda a sus costillas fracturas y,  con paso indolente y apoyado por un improvisado bastón, se encamina en busca de Jana.
- ¿Habéis visto eso?, joder, ¿qué coño ha pasado?- dice Ángel alterado.
No tengo la más mínima idea de lo que ha sucedido pero, fuera lo que fuese,  debe de ser algo muy gordo para verse desde tan lejos y, para colmo, la caída me ha dejado el culo magullado. La multitud se coloca en pie tras la tremenda sacudida, varios hombres vestidos de militares corren hacia un camión y, detrás de ellos, a lo lejos distingo una fila del equipo de la U.M.E. comandada por Ana que grita:
-¡Qué todo el mundo se dirija al punto reunión!
Natalia, que está justo detrás de mí, se sacude la tierra y suelta unos cuantos improperios. Mientras Marian parece visiblemente nerviosa e intenta que la sigamos corriendo hacia el centro de reunión. Al llegar nos topamos con un recinto de convenciones con un área dividida en varios salones: una sala de descanso para los soldados, otra destinada a actividades científicas y en el que nos encontramos que presenta forma de plazoleta, dos pantallas laterales de 4x4, una pantalla principal de 5x5, unas 500 sillas y, por último, un atril donde un hombre vestido con el uniforme de la marina apoya su codo izquierdo y alza la voz. 

viernes, 21 de octubre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 22º


Jana levanta la vista del suelo y centra toda su atención en un helicóptero que sobrevuela el perímetro del campamento zombi. El pigmento oscuro que rodea los ojos del coronel Paulo se aumenta al observar como un zombi vestido de moja no le afecta el gas, y sin parpadear desenfunda su arma y dispara una breve ráfaga sobre la monja. Jana siente como las balas lanzadas desde el helicóptero se quedan incrustadas en su cuerpo.
Las ondas cerebrales de Jana sacuden todo su organismo como si fuera electricidad, y un torrente de adrenalina caliente inunda todo su ser. Sus ojos se vuelven de un color amarillo sol, bajo su piel, las venas se ensancha de una manera que parecen que van a estallar y, en un momento, toda  ella se encoje como si fuera un feto. Un resplandor en forma de burbuja de color blanco envuelve a Jana, desprendiendo una energía que hacía eones que en el universo no sucedía. La luz blanca cada vez se vuelve más opaca y grande, escupiendo lenguas de tornados hechas de energía. El cielo se vuelve oscuro, la tierra que se encuentra cerca del acontecimiento es arrancada y atraída hacia Jana, los edificios cercanos se derrumban, provocando una sorprendente polvareda. Algunos tomahawk intentan huir de aquella debacle, uno de ellos solo consigue estrellarse contra una edificación que se le viene encima. El coronel Paulo observa como su piloto, desesperado, pretende escapar lo más lejos posible de aquello, pero la fuerza de atracción es cada vez más enérgica y se desploma sobre un túnel. La masa de zombis que aún sobreviven al gas letal permanecen inmóviles ante un  foco de luz que emana de su Reina. Jana nota como si un pequeño Bing-bang creciera en su interior, hasta el punto de adquirir la forma de una supernova que devora todo lo que le rodea. Súbitamente, una explosión de materia en el núcleo desprende una radiación cósmica hasta el cielo, traspasando la atmósfera, y expandiéndose hasta los confines del universo. Una enorme espiral de humo de color grisáceo surge del epicentro de la singularidad, dejando  filtrarse la luz del sol.
En cuestión de minutos nos encontramos  en el punto seguro, Ana saluda al uniformado que se aposta sobre unas vallas de madera de color anaranjado. El descapotable sigue la línea de la carretera, en dirección hacia una fila de tiendas de campaña que están montadas a lo largo de una explanada desértica. A unos treinta metros de ese lugar, un aparcamiento acordonado por cercados metálicos, deja ver un centenar de personas atrapadas en su interior, caminando de un lado para otro y otras, simplemente, echadas sobre el suelo frío. Dejamos atrás la zona incomunicada para tropezarnos de frente con una colosal tienda de Cruz Roja llena de decenas de personas. Ana nos indica que debemos bajar del coche y dirigirnos hacia la tienda, allí nos llevarán a cabo las pruebas pertinentes. Nada más descender del coche, unos soldados nos separan de Natalia, metiéndola en una fila compuesta por mujeres solamente y, a Ángel y a mí en una de hombres. Una remesa de lo que parecen operario, vestidos con monos de plástico de color verde, guantes y unas gruesas botas, van llevándonos a una tienda contigua. En ella, nos desnudan y duchan con alguna clase de gas, ya es la segunda vez en mi vida que me pasa esto y, la verdad, no es muy agradable. Tras pasar la zona de gaseado, recuperamos nuestras ropas. Ángel muestra cara de irritado, le pongo la mano sobre el hombro y le digo que cosas peores hemos pasado juntos. Según vamos caminado, pasamos a una habitación donde veo una silueta que me resulta realmente familiar, es una enfermera y, por unos segundos, me golpea el recuerdo de Marian. Un médico que se encuentra a su derecha, sentado sobre una silla, le indica a la enfermera que nos saque sangre, mientras él nos echa unas gotas en los ojos y nos los examina con una máquina de optometría. Cuando alcanzo a ver la cara de la enfermera, me froto los ojos con ambas manos, porque no puedo creer lo que veo, es Marian.
Me incorporo aceleradamente para fundirme en un abrazo y me paro a medio metro de distancia. Ella parece que aún no me ha reconocido, pero un segundo más tarde sus facciones pasan por un millón de estados de ánimo: miedo, incredulidad, sorpresa, alegría y llanto; así es ella. Entonces me acerco y la beso apasionadamente como nunca antes la he besado y Marian rompe a llorar. Mis ojos también se inundan de lágrimas de felicidad, después de todas las penumbras que me habían sucedido, por fin la encuentro sana y salva. El médico sorprendido me indica que ya tendremos tiempo para estar juntos y que hay que continuar con el protocolo de reconocimiento.
-Enfermera, no me haga mucho daño- le digo todavía con lágrimas resbalando por mis mejillas.
-No te preocupes, será rápido e indoloro- me dice mientras se seca con la manga de la bata, el sollozo acumulado en sus ojos.
Sin darme cuenta, en menos de un minuto Marian coloca la sangre extraída de mi brazo en una lámina, la cual va tomando varios colores según pasa el tiempo, hasta llegar al color verde. En un súbito salto de alegría, Marian grita que estoy libre de la infección. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 21º


Si no fuera por algún que otro coche abandonado en la autopista y los zombis caminando por ella, se diría que la isla está desierta. Un cartel informativo indica que estamos a menos de quince kilómetros del punto seguro. Ya debería de poder verse algún puesto de mando o a algún militar, pero no veo absolutamente nada, tan solo más vehículos abandonados, restos de ropas que vuelan con las ráfagas de viento y maletas dejadas por sus dueños. Intentamos una vez más buscar alguna emisora, pero en la radio solo suena un mensaje repetitivo:
-   Emisión de emergencia en la zona de Tenerife, les informamos de los centros de evacuación local. Si en su zona no detectan ningún altercado, quédense en sus casas, cierren las ventanas y puertas. Si viven en la zona de norte, tienen un refugio en la Plaza del Adelanto en La Laguna, si viven en la zona sur
Así, sucesivamente, zona por zona va informando del punto cercano más seguro.
- Cuéntame algo que no sepa, ¡joder!- dice enfurruñado Ángel.
Intento calmar los ánimos de Ángel antes de que se desate la bestia que lleva dentro. Natalia tiene su cara pegada a la ventana, está con la mirada fija en el cielo, como queriendo buscar algo.  De repente, un sonido de un  disparo nos alerta de lo que nuestros ojos empiezan a distinguir, la carretera está cortada por una especie de check-point. Un hombre vestido de militar, subido a una especie de torre hecha de neumáticos y una línea de coches formando un muro inaccesible, nos  apunta con una enorme ametralladora. Parece nervioso, la mano que empuña el arma tiembla constantemente. Salgo del coche y alzo la voz, a la vez que levanto mis manos para que el militar pueda ver que no queremos problemas. El hombre titubéante llama a alguien, Ángel permanece al volante rígido mientras que Natalia está expectativa a lo que suceda. Un segundo después, una figura femenina asoma por una ventanilla de los vehículos apilados. Su pelo es de color rojo fuego como nunca había visto antes, recogido en una cola de caballo, sus pómulos son altos y sus labios gruesos se asemejan a las facciones de una modelo. Pero sus ojos son, sin dudar, su rasgo más llamativo, uno de cada color: uno azul y el otro verde. Viste un mono verde que acentúa sus voluptuosos pechos, me recuerda a la vestimenta de los pilotos. Con un veloz movimiento, salta encima de uno de los capos y alza la voz:
-Me llamo Ana, ¿quiénes sois y de dónde venís?
-Soy Iker y las otras dos personas que van el coche- señalo con el dedo-  Ángel al volante y Natalia detrás de él, venimos de la zona norte  - le informo.
-¿Alguno de vosotros está infectado?- pregunta.
-Estamos libres de esa plaga, mis amigos y yo llevamos días intentando buscar un punto seguro- digo con voz cansada.
-Pues tenéis suerte, este es la única área segura que hay- sonríe afablemente.
De repente, el muro hecho de coches se abre como si de una puerta de corredera se tratase, con un gesto de la mano Ana nos indica que entremos. Yo me mantenía de pie fuera del coche y empiezo a avanzar en dirección a la entrada, mientras Ángel me acompaña con el coche. Inmediatamente después de traspasar la barrera, un grupo de cuatro hombres ataviados con una especie de vestimenta sacada de la película de Mad Max, nos apuntan con sus rifles. Ana nos advierte de que tenemos que dejar las armas que llevamos encima, Ángel no está muy de acuerdo con ello, me murmura que estaremos a su merced y que no le entreguemos las armas. Ana, que ya ha bajado, se está percatando de lo que me está diciendo Ángel.
-Si queréis podéis iros a una pensión, si queda alguna, chicos- con tono burlón.
-No tenemos  más opciones Ángel, dale tu arma- musito.
Le acerco mi arma a uno de los hombres que nos apunta y  Natalia hace lo mismo con la suya, Ángel, a regañadientes, entrega su AK y su pistola. Ana nos indica que la sigamos por un camino de tierra que va a dar a un improvisado parking repleto de furgones y camiones. Entre medio de ellos se encuentra un descapotable de color amarillo que no acierto a ver la marca, Ana amablemente nos sugiere que subamos a él.
-Perdonadme por haber sido tan brusca, pero tenemos que tomar medidas, cada vez nos llega más gente de todas las partes de la isla y no siempre están libres de la infección- dice mientras arranca el descapotable.
- ¿A dónde nos llevas?- le pregunto.
-Tenemos que asegurarnos de que no estéis contagiados, no podemos confiar solo en vuestra palabra, como comprenderéis, tendréis que pasar una pruebas por nuestros médicos- nos notifica.
- ¡Y luego que pasará!- le espeto.
-Muy sencillo, os llevaré al centro de punto seguro con los demás- responde.  

domingo, 28 de agosto de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 20º


Jana examina el destrozo que se ha producido por culpa de un puñado de  zombis que debían mantener fija una de las bases, una de las estructuras que sujetan la gigantesca antena se acaba de venir abajo. Camina con tranquilidad, sabiendo que el tiempo está de su parte, no le importa lo que tarden, lo importante es acabarlo. Otro segundo escándalo la alerta, pero esta vez suena distinto al primero, una columna de humo sale del campamento que montan los muertos vivientes y, tras la humareda, surgen dos helicópteros del ejército que empiezan a lanzar granadas que expanden un gas de color verde sobre los zombis, los cuales empiezan a caer a diestro y siniestro. Jana, perpleja durante un segundo, no se cree lo que está viendo, su séquito está cayendo como moscas y ella no puede hacer nada por impedirlo. Un alarido emanado por su garganta hace fijar la atención de uno de los helicópteros sobre ella. El tomahawk planea sobre la monja, una cabeza asoma desde el helicóptero, es un militar con semblante serio y rudo que apunta su fusil y dispara. Jana se ve envuelta en una densa niebla de color verde que no le permite ver nada, algo le golpea la cabeza desde un punto que es infinito, es un dolor insufrible.
El coronel Paulo divisa por una de las minúsculas ventanas del helicóptero, la dantesca escena de cómo van cayendo los zombis por el gaseado, Pic-25, uno de los gases que tanto tiempo llevó desarrollar, a algún ingeniero de genética que trabaja para el gobierno. Un tremendo aullido emitido por una monja zombi fija toda su atención, le da una orden al piloto para que planee sobre la monja y le arrebata a uno de sus soldados el arma con el dispositivo del Pic-25. Con una maestría típica de un hombre forjado en el campo de batalla,  lanza el gas directo a la cara de Jana, el proyectil estalla liberando el humo verde. Tras unos segundos de espera para que la cortina de humo formada alrededor de la monja se esfume, el coronel sonríe satisfecho con el resultado que están obteniendo.
      Muchachos, creo que antes de que acabe el día estaremos todos en la base- dice el coronel Paulo al  grupo de cuatro soldados que le acompañan.
Uno de los soldados, apresuradamente, señala a la monja y, antes de que pueda decir nada, el coronel Paulo se adelanta a observar lo sucedido.
-¿Qué infiernos….? Se lo traga como si nada- grita apretando los dientes- No puede ser, el zombi vestido de religiosa está en pie.
Jana no muestra ningún síntoma de flaquear, es más, parece como si el Pic-25 le aliviara y se hubiera convertido en otra forma.
No es posible, sé dice a sí misma Jana, ¿Qué me pasa?, ya no tengo el dolor de estar muerta, es más, me siento bien, es como un milagro.