domingo, 28 de agosto de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 20º


Jana examina el destrozo que se ha producido por culpa de un puñado de  zombis que debían mantener fija una de las bases, una de las estructuras que sujetan la gigantesca antena se acaba de venir abajo. Camina con tranquilidad, sabiendo que el tiempo está de su parte, no le importa lo que tarden, lo importante es acabarlo. Otro segundo escándalo la alerta, pero esta vez suena distinto al primero, una columna de humo sale del campamento que montan los muertos vivientes y, tras la humareda, surgen dos helicópteros del ejército que empiezan a lanzar granadas que expanden un gas de color verde sobre los zombis, los cuales empiezan a caer a diestro y siniestro. Jana, perpleja durante un segundo, no se cree lo que está viendo, su séquito está cayendo como moscas y ella no puede hacer nada por impedirlo. Un alarido emanado por su garganta hace fijar la atención de uno de los helicópteros sobre ella. El tomahawk planea sobre la monja, una cabeza asoma desde el helicóptero, es un militar con semblante serio y rudo que apunta su fusil y dispara. Jana se ve envuelta en una densa niebla de color verde que no le permite ver nada, algo le golpea la cabeza desde un punto que es infinito, es un dolor insufrible.
El coronel Paulo divisa por una de las minúsculas ventanas del helicóptero, la dantesca escena de cómo van cayendo los zombis por el gaseado, Pic-25, uno de los gases que tanto tiempo llevó desarrollar, a algún ingeniero de genética que trabaja para el gobierno. Un tremendo aullido emitido por una monja zombi fija toda su atención, le da una orden al piloto para que planee sobre la monja y le arrebata a uno de sus soldados el arma con el dispositivo del Pic-25. Con una maestría típica de un hombre forjado en el campo de batalla,  lanza el gas directo a la cara de Jana, el proyectil estalla liberando el humo verde. Tras unos segundos de espera para que la cortina de humo formada alrededor de la monja se esfume, el coronel sonríe satisfecho con el resultado que están obteniendo.
      Muchachos, creo que antes de que acabe el día estaremos todos en la base- dice el coronel Paulo al  grupo de cuatro soldados que le acompañan.
Uno de los soldados, apresuradamente, señala a la monja y, antes de que pueda decir nada, el coronel Paulo se adelanta a observar lo sucedido.
-¿Qué infiernos….? Se lo traga como si nada- grita apretando los dientes- No puede ser, el zombi vestido de religiosa está en pie.
Jana no muestra ningún síntoma de flaquear, es más, parece como si el Pic-25 le aliviara y se hubiera convertido en otra forma.
No es posible, sé dice a sí misma Jana, ¿Qué me pasa?, ya no tengo el dolor de estar muerta, es más, me siento bien, es como un milagro.

miércoles, 10 de agosto de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 19º


Es realmente asqueroso, el olor que suelta ese pringue salido del cuerpo de los podridos es insoportable. Natalia se lleva la mano a la nariz intentando reducir el hedor que le llega, mientras Ángel parece como si su nariz no funcionara, no le afectara el olor desprendido por los jodidos muertos vivientes. Él no para de insultar y maldecir cada vez que un zombi cae abatido por su rifle. Después de veinte minutos inacabables disparando sobre los zombis, parece que no llegan más, o eso estoy pensando cuando un grupo de cuatro zombis, vestidos con la camiseta de color azul de un equipo de fútbol, aparecen salidos de una de las esquinas de las casas. Esto nunca va a tener fin, les digo a los chicos, debemos irnos de aquí ahora que podemos. Natalia, que está recogiendo la munición que nos queda en una de las mochilas, asiente con la cabeza afirmando que está de acuerdo. Ángel no me escucha, está absorto en una locura transitoria, le insisto en la propuesta levantando mi voz, pero nada, no me hace caso, finalmente le cojo por uno de los hombros y lo zarandeo. Al girarse y toparse sus ojos con los míos, me recorre un escalofrío que me hiela la sangre, es como contemplar un león salvaje en mitad de la selva.
 -¿Qué quieres?, no ves que estoy ocupado-me dice alborotado.
-¡Despierta, coño! si continuamos aquí estamos perdidos- digo con firmeza.
-Lo siento, me he dejado llevar, perdonadme- dice sacudiendo la cabeza.
-Venga chicos pongámonos en movimiento, si no queréis ser pasto de los zombis- dice lacónica  Natalia, que acaba de colocarse la mochila a la espalda.
-¿Hacia dónde iremos desde aquí?- murmura Ángel.
- Es simple, el único punto seguro que nos queda- sonríe Natalia como si esa fuera nuestra única posibilidad.
Al menos no puede negarse que esta chica va al grano y parece que sabe lo que quiere. Mientras Ángel termina de abatir al cuarteto futbolero de zombis, la mano de Natalia surge de la nada y acaricia su rostro, Ángel intenta decirle algo, pero ella le interrumpe y le besa.


Tras el interminable beso de los tortolitos, le pregunto a Natalia cuál es su idea.
-Muy sencillo, vamos a ir a buscar a Marian – en ese preciso momento se gira de manera que se queda a un palmo de la cara de Ángel- e intentaremos buscar a ese científico del que hablaste anoche.
Después de revisar que no queda ningún podrido en kilómetros, bajamos uno por uno la escalera. Cuando piso el suelo, un hormigueo me entra por el pie y me recorre el cuerpo como si fuera una descarga eléctrica. La calle es un río de sangre y una mezcla de risotto negro. Ángel recoge las pocas armas que nos quedan: cinco granadas, dos glock22 y tres ametralladoras HK, de reojo le veo mirando el lanzacohetes, pero ya no queda munición para él. Natalia mete en su minúscula mochila los escasos refrescos que hay, yo ayudo con la munición, colocándomela en los bolsillos del pantalón y aprovechando el cinturón de las granadas para meter un machete de los encontrados en una de las vitrinas. Corremos hacia el jeep con la esperanza que esté como lo habíamos dejado el día anterior y no nos deje en la estacada. Cuando llegamos, Ángel se coloca en el asiendo del conductor, Natalia en la parte de atrás, y yo al lado de Ángel. Al meter la llave y girarla suena como si el coche se quejara de un constipado, el segundo intento solo agrava la situación, la tercera vez simplemente no se oye nada. Me estoy poniendo de los nervios, en breve tendremos a los  malditos caníbales  de las localidades cercanas  y este cacharro no funciona. Ángel abre el capó y se baja,  no sin antes decirme que ocupe su puesto.
-Cuando yo te diga le das a la llave- grita Ángel desde el capó.
-Venga, venga…funciona, no me hagas esto- murmura.
            No le da la gana de andar, sigue haciendo un ruido raro, de repente, un  gruñido me saca de mi estrés por arrancar el coche. A lo lejos, un centenar de podridos se dirigen hacia nosotros con una velocidad de corredores de atletismo, ahora sí que tengo los calzoncillos hechos un nudo. Natalia  le grita como una loca a Ángel que se aligere, y él le responde que no puedo ir más rápido, le mete una sacudida al motor con la culata de la HK y, desesperado, me indica con el dedo que lo intente una vez más. Ya se pueden divisar las caras de los podridos por el retrovisor, giro la llave y piso el pedal de embrague y, por fin, llega a mis odios el sonido esperado.
El jeep arranca, Ángel cierra el capó y, apresuradamente, me indica que le devuelva su asiento, yo me incorporo sin rechistar a mi sitio de copiloto. Ángel da marcha atrás como si fuera un especialista de películas de acción, pasando por la minúscula calle y esquivando a los podridos que se dirigen como locos hacia nosotros, excepto uno que se engancho en la parte de atrás, tiene media cara comida y su ropa hecha girones. Ángel me dice que lo tenemos en la parte derecha, Natalia, que es la que más cerca está de la parte trasera, toma la iniciativa y baja la ventanilla, desenfunda y cuando se dispone a disparar, un volantazo provocado por Ángel al esquivar unos contenedores de la basura, le desvía el tiro a uno de los brazo del podrido que empieza a arrastrarse hacia la parte del conductor. Cuando está a un palmo de la ventanilla de Natalia, Ángel dice que nos agarremos y un frenazo en seco, lanza al zombi a unos cuatro metros, la suficiente distancia para poder emprender la marcha hacia la autopista del sur.

domingo, 31 de julio de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 18º


Los zombis, en un intento de seguir nuestros pasos, caen en los vacíos  creados entre las azoteas de las casas, lo cual nos da una cierta ventaja sobre ellos. Nos paramos en una de las azoteas para observar si algún muerto viviente nos persigue, a lo lejos solo vemos como siguen afanados en saltar las azoteas y como van cayendo al fondo de la calle, rompiéndose los huesos para luego no poder levantarse. Una cosa está clara, no son nada inteligentes.
Ángel ayuda a Natalia a bajar por una escalerilla de emergencia situada en  la parte de atrás de una de las casas, y yo les sigo hasta acceder a un patio interior. En este patio tropezamos con un arsenal propio de un cuartel general con estanterías llenas de fusiles y granadas que cuelgan de una especie de cinturón. En el centro, un lanzacohetes como el de las películas de guerra, tal vez aquella casa perteneciera a algún militar o a un extravagante coleccionista. No tardamos en averiguar que se trata de un alto cargo militar, en una vidriera situada en el fondo del patio, lucen condecoraciones y respetivos galardones típicos de un general militar. Ángel propone abastecernos de todo lo que podamos, posiblemente lo necesitemos más adelante. Mientras me dispongo a escoger el tipo de artefacto, Natalia pregunta cómo vamos a salir de allí con la horda de zombis esperándonos en la calle. En ese preciso momento, Ángel rodea con su mano el lanzacohetes, sonríe y nos comunica:
– Yo tengo una idea chicos-
 - ¿En qué estás pensado?- le pregunto.
-Me sorprende que no me conozcas, después de todo lo que estamos pasando- contesta sonriente Ángel.
-No puedo creer que estés considerando en salir ahí fuera y que nos pongamos a pegar tiros como en el viejo oeste-
Natalia se troncha de risa al oír mi comentario.
-No exactamente, subiremos otra vez a la parte alta y desde allí vamos a aniquilar a todos los que podamos, ¿qué os parece?-soltó con cara de júbilo.
A mí me parecía una idea absurda, pero nuestras posibilidades o son pocas o nulas.
- Así que, ¡qué diablos! -grito en alto- vamos a llenar de metal a esos podridos.
Empieza a salir el sol con una fuerza como nunca antes había sentido, las armas que acabamos de subir reflejan el sol en nuestra cara. Apostados en la azotea con un montón de: granadas, rifles, pistolas y el lanzacohetes, el cual Ángel lucia entre sus manos como si fuera Terminator, esperamos la llegada del enemigo. Natalia se encuentra en una de las esquinas, Ángel en el centro y yo agazapado a su lado. Un enorme chillido proferido por la garganta de Ángel, alerta a los zombis más cercanos, mientras Natalia realiza el primer disparo. El impacto da de lleno en  la cabeza del primer zombi que se acerca. Ángel se gira y exclama:
- ¡Esa es mi chica! Iker, ¿a qué esperas para abrir fuego?
Acerco el rifle a mi hombro y sin darme cuenta le dirijo una ráfaga de tiros a dos podridos, uno de ellos cae en un charco de agua, el otro continúa su marcha hacia nosotros. Un gran silbido surge del lanzacohetes y, por un instante, el estruendo me deja sordo, de repente un olor fétido se extiende hasta mi nariz. Son los podridos, algunos han estallado en mil pedazos y otros, con la parte inferior  seccionada, se alargan como intentando alcanzarnos. Cada vez son más y más salidos de todos los rincones, la situación me empieza a asustar. La cara de satisfacción de Ángel por cada zombi que cae, roza la locura. Llega un momento en que las armas cogen un vertiginoso ritmo sin ser conscientes de la cantidad de zombis que están siendo abatidos. Súbitamente, Natalia se levanta de un salto gritando:
-¡Mirad  la inmundicia  viscosa que sueltan esas cosas!- dice horrorizada.

domingo, 24 de julio de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 17º


Jana contempla como los zombis trabajan como un enjambre de abejas, su visión de un nuevo mundo perfecto se empieza a construir. Se levanta de su trono y alza la vista todo lo que puede vislumbrando diversas tiendas de campaña, algunas tan grandes como la de un circo, otras largas como un camión, todas se extienden en forma de doble hélice como si fueran el A.D.N. En medio de ellas una estructura metálica de aspecto circular resalta por su color blanco, su base consta de varios espigones de cemento y del centro sobresale un caparazón del tamaño de una cabeza, lleno de minúsculos cables. Todos los cables recorren la extraña forma circular, los zombis se afanan en la edificación de aquel artilugio como si fuera la construcción de una de las pirámides de Giza. Unos pequeños grupos de ellos levantan incansablemente las tiendas y recogen la basura que hay acumulada en la ciudad en los días de la extensión de la epidemia. Jana se baja para recorrer a pie el campamento y descubre insitu como los zombis actúan bajo sus órdenes. Alguna vez que otra tropiezan entre ellos y, como si fuera un lenguaje se gruñen como queriendo decir algo. Jana empieza a sospechar que pueden entenderse entre ellos. Continua el paso mansamente, cuando un gran estruendo la saca de sus pensamientos.
Todas nuestras miradas están puestas en Jonay, esperando la respuesta a la pregunta que acaba de hacerle Sven.
 -No lo sé, solo podía correr y correr, eran muchos- responde soltando un pequeño eructo.
-¿Cuántos eran?- dice tembloroso Sven.
 -Cientos, tal vez muchos más- responde Jonay con la mirada baja.
Un  gran  aullido nos saca de nuestro abatimiento, proviene de la calle,  Ángel se acerca con cuidado y echa un ojo por la mirilla. Es un zombi, a cada segundo que pasa empezamos a escuchar más y más gritos. Ángel nos da un chillido, ¡subid a la parte alta y recoger  todo lo podáis¡ Parece como si un equipo de rugby golpeara la puerta, Sven agarra a su hija y es el primero en subir por las escaleras, a continuación, Natalia asciende con Jonay en sus brazos. Yo recojo las pocas armas que tenemos, mientras Ángel aguanta a las embestidas en la puerta, en una de estas, consiguen estallarla y abrir un minúsculo agujero por el que una mano  manchada de sangre que le falta el dedo anular asoma.  Como almas que llevan el diablo Ángel y yo corremos hacia arriba, donde Sven se encuentra escondido en una de las habitaciones, Jonay se ha separado de Natalia, seguramente por miedo. Intentamos buscarlo, pero es demasiado tarde,  los zombis acaban de romper la puerta y empiezan a subir. Les digo que  tenemos una posibilidad si subimos a la parte más alta de la casa y nos movemos entre las azoteas de las demás casas.  Ángel le parece una idea cojonuda  y entre los sollozos de Natalia por dejar a Jonay  a su suerte, los tres marchamos hacia la  terraza mientras Sven se queda en alguna de las habitaciones protegiendo a su hija.  Los zombis acaban de entran en la habitación donde Sven y su hija se ocultan, sus gritos  de dolor atraviesan mi mente como si fueran aullidos desde el mismo infierno. Justo cuando nos disponemos a saltar a las demás azoteas, vemos al pequeño Jonay correr por la terraza pidiendo ayuda, Natalia inconscientemente corre hacia él, y Ángel sale detrás de ella. Solo cuando le quedan unos pocos centímetros para cogerle la mano y subirlo, dos zombis se abalanzan sobre el pequeño Jonay, devorándolo y desgarrándole la piel. Ángel tira de Natalia mientras yo contemplo la escena petrificado. Cuanto más tiempo permanezcamos aquí, peor será

domingo, 3 de julio de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 16º


Tras mirar en las otras dos habitaciones y el baño, regreso a la parte de abajo donde me reencuentro con el grupo entero fisgoneando en la despensa. Empieza a anochecer y decidimos pasar la noche en la casa. La luz funciona, pero descartamos encenderla para no hacer visible nuestra posición, Natalia abre uno de los grifos y, sorpresa, no hay agua. Sven saca unas minúsculas chocolatinas de una de las mochilas que porta, Julia se relame al verlas y a todos nos entra la risa cuando la niña empieza a devorar los chocolates. Parece como si llevara días sin comer, los envoltorios los abre con la boca dejando un bigote de chocolate alrededor de sus labios. Después de un empache de dulces, Julia cayó redonda en el regazo de su padre, ese fue el momento en que los tres nos colocamos en la mesa redonda. Encendemos unas alargadas velas rojas y, entre refrescos, cereales y algún cigarrillo que traía consigo Sven, mascamos la posibilidad de que, una vez que lleguemos al punto seguro, éste ya no exista. Natalia, que está enfrente de mí, propone irnos a la zona de montaña y allí refugiarnos hasta que todo pase, Ángel que permanece con la cabeza agachada, propone que lo mejor sería quedarse aquí,  lentamente levanta la cabeza, nos dirige una dura mirada a cada uno de nosotros y comienza a hablar:
-  Ya hace dos días que se extendió la epidemia, en otras ciudades tan solo hizo falta un solo día para que toda la población cayera bajo esta nueva enfermedad. Si alguien sigue vivo, cosa que dudo, no creo que le interese comer unos cereales, lo que querrán será nuestra tierna carne. Hay que estar preparados para afrontar que, si el punto seguro ha caído, no haya supervivientes en el exterior.
Tras el monólogo de Ángel permanecemos unos segundos callados, lo que acaba de contar nos encoge el corazón, pero debemos luchar por sobrevivir. Tomo la palabra y planteo que nosotros estamos aquí y los jodidos muertos vivientes están fuera, así que algo podremos hacer para acabar con ellos. Ángel responde que cuando estuvo en el campamento había oído nombrar un científico que estaba creando una proteína para combatir la extraña enfermedad, pero que no sabe en cuál de los puntos seguros se encuentra. Me levanto de la silla y coloco mis manos como apoyo en la mesa, y digo:
-No podemos quedarnos aquí, sin saber si fuera queda alguna persona viva sin estar afectada. Además, yo tengo la esperanza de encontrar a Marian con vida. ¿Tú qué opinas Sven?- le digo mirándole a los ojos.
-Bueno yo….Tengo que mirar por el bien de mi hija y creo que  lo más lógico es buscar un lugar seguro, y solo lo vamos a encontrar en una zona que esté provista de militares, por tanto, en mi opinión, la mejor opción es la que plantea Iker- asiente tímidamente.
Miro a Natalia y con un gesto de sumisión acepta la propuesta, solo falta Ángel. Un tremendo golpe en la puerta nos sobresalta y mi corazón, como por norma, empieza a latir más de lo normal. Los tres nos miramos y en ese preciso momento escuchamos otro aporreo acompañado de una voz;
-¡Socorro, socorro, déjenme entrar!- dijo la voz temblorosa.
Natalia rápidamente se dirige hacia la puerta, pero Ángel le corta el  paso y suelta:
-   Podría haber alguien más o algo peor- mirando a los ojos de Natalia.
La cara de Natalia se volvió triste y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sven  permanece sentado sin mover un músculo, solo tiene la mirada fija en su hija.
- !!Mierda¡¡ Vamos a tener que abrir- respondí. Pensándolo más para mi mismo que para los demás.  
Ángel y yo nos acercamos lentamente con una de la velas alumbrando el pasillo. Antes de girar el pomo de la puerta, Ángel desenfunda un arma y apunta a la puerta, con un movimiento rápido y calibrado, despliego la puerta y ante nuestros ojos se descubre un chico de no más de quince años, de apariencia desaliñada, con la ropa hecha girones, y con la respiración entrecortada. Lo agarro de la camiseta tirando hacia mi y cierro apresurado la puerta. Ángel mira fijamente al chico y le pregunta por su nombre, éste responde que se llama Jonay. Natalia  se va aproximando hacia donde está el chico, cuando Sven le señala y grita nervioso si él estará infectado, a lo que Jonay acelerado le manifiesta que no tiene el virus de los muertos. El chico tiene una expresión de terror y sus ojos marrones parecen estar en otra galaxia, su complexión es más bien delgada y su tez morena, da la impresión de haber pasado muchas horas al sol. Le interrogamos nada más darle un refresco para saciar su sed, con cada sorbo nos va narrando la odisea que le supuso escapar de El Médano para esconderse después de que sus padres quisieran matarlo a mordiscos. Natalia no para de preguntarle si está bien de una forma que roza lo cansino.
- ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? El Médano se encuentra a varios kilómetros  de distancia-le digo sorprendido.
- Intenté esconderme en otras casas, pero estaban vacías o con gente infectada- toma un buche a la lata de refresco y continua- ellos me perseguían y corrí todo lo que pude, hasta que me encontré una bicicleta y los dejé atrás, pero ellos nunca se cansan- da el último trago.
Sven se sobresalta y le pregunta si le han seguido hasta aquí.

martes, 31 de mayo de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 15º


El viaje se nos hace ameno, Sven me cuenta que es ingeniero informático y su mujer profesora de primaria, por eso habla castellano fluidamente ya que ella siempre está encima de él para que perfeccione el idioma. Julia está entretenida jugando con el pelo de Natalia y parloteando como colegiadas, ya que Ángel la ha reemplazo al volante, su semblante es serio, lo cual me preocupa. Tras ofrecerles a nuestros nuevos acompañantes algunos refrescos, intercambiamos impresiones  con Sven de lo que está sucediendo a escala mundial. Le pongo al corriente de que nuestro objetivo es alcanzar el único punto seguro que, esperábamos, aún esté a salvo. Un repentino aire a podrido irrumpe inundando nuestras mentes, como si fuera una sutil advertencia de lo que, en un instante, nos depara nuestras vista. Y así es, a lo lejos avistamos una montaña de bolsas negras, de la cual sale una columna de humo que se puede divisar a kilómetros, su altura alcanza unos cuatro metros. Una incesante y avivada llama lo envuelve todo en forma de noria diabólica. Natalia y Julia se llevan la mano a la boca de lo insoportable que es el hedor, a Julia le entran arcadas; Sven, Ángel y yo intercambiamos miradas cómplices, los tres intuimos lo que contienen aquellas bolsas. Ángel apresura la marcha dejando a espaldas la humeante hoguera. Tenemos que detenernos para abastecer al jeep de gasolina y, de paso, estiramos un poco los músculos dice Ángel. Natalia se baja y se lleva de la mano a Julia hacia unos arbustos, Sven les advierte de que no se alejen. Echo la vista a un cartel de carretera  situado enfrente de nosotros que nos indica que todavía faltan treinta ocho kilómetros para llegar a Los Cristianos. Una ráfaga de aire hace darnos cuenta del sorprendente silencio que se respira, no hay coches, no hay aviones volando y solo, a distancia, se escucha el rugir del mar. Ángel, con ayuda de Sven, acaba de llenar el tanque del jeep, con paso parsimonioso, Julia y Natalia regresan de vaciar sus vejigas. Subimos todos al coche y me ofrezco para conducir, pero Ángel rechaza mi oferta y me dice que aguantará hasta la meta final. Esta vez me coloco en el asiento del copiloto, Sven y Natalia charlan amablemente, mientras Julia se entretiene con unos cuadernos de pintar. De reojo observo como Ángel y Natalia cruzan sus miradas, Ángel le guiña el ojo y Natalia le corresponde con una muesca de burla sacando la lengua y riéndose. Unos minutos más tarde me doy cuenta de lo cerca que estamos de la casa de la playa de mis suegros, tal vez Marian esté refugiada en ella. Le menciono al grupo la idea de pasar por La Caleta, que es el pueblito donde paso los veranos con Marian y su familia.
Ángel y los demás están de acuerdo ya que nos coge de camino, a pocos metros avisto el letrero del desvío que conduce al pueblo, una curva pronunciada  hacia la derecha nos comunica un cambio de sentido y nos incorporamos a una carretera secundaria. Voy dando las indicaciones para llegar, se ve que Ángel es un experto conductor, cogemos la gran recta de la carretera secundaria que va a dar a una pequeña bajada en forma de uve, con su siguiente subida como si fuera una montaña rusa. Ya puedo ver las primeras casas, éstas se caracterizan por su color blanco, ventanas verdes y amplias terrazas, todas están pegadas unas a otras como si fueran un muro de contención contra el mar. Un estrecho camino atraviesa el pueblo y lo rodea a la vez, pasamos por él. Siempre me ha sorprendido como pueden pasar dos coches por aquel camino, tiene el ancho justo de un solo vehículo y aún así la gente se las arregla para pasar. La casa está justo en frente del mar, su amplia terraza es lo más bonito, las puertas de la entrada están comidas por el salitre que las ha azotado a lo largo de los años. De momento no hay indicios de vida, ni de zombis, bajamos Sven y yo, los demás se permanecen en el jeep. Los padres de Marian siempre dejan la llave escondida debajo de una maceta de cactus que está justo a la derecha de la puerta principal, me agacho y levanto el cactus, la llave no está. Deseo con todas mis ganas que Marian fuera quien había cogido la llave, que cruzara la puerta y que me la encontrara dentro. No más allá de la realidad, tras comprobar que la puerta está cerrada, intento golpearla con mi hombro, una y otra vez sin conseguir moverla, tan solo obtengo unos cardenales  de cojones. Ángel se baja del coche y lanza un certero y rápido disparo a la cerradura.
-          No te voy a durar toda la vida, tío-  dice señalándome con la otra mano.
Ansioso abro la puerta, un angosto pasillo conduce al salón-cocina, de las paredes cuelgan pinturas de barcos y paisajes pesqueros, justo a mi derecha están las escaleras que van a dar a la piso superior. Sven prefiere quedarse en la parte baja, yo decido subir. Según voy subiendo un flash invade mi mente, haciéndome recodar lo bien que lo he pasado en aquella casa. Lo primero que me encuentro es el dormitorio principal, se encuentra en la parte más luminosa de la casa, justo al lado de la terraza, es ahí donde hecho mi primer visual. La puerta está entreabierta, la empujo lentamente y me sorprendo al ver dos cuerpos extendidos y abrazados en la cama, yacen de lado como mirándose el uno al otro. Me acerco un poco más y los reconozco al momento, son los padres de Marian, un fuerte olor a rancio y nauseabundo, me echa hacia atrás.  Me doy cuenta de un pequeño frasco  que hay en el suelo, lo recojo y lo leo: Tetrodotoxina. !!Oh dios¡¡ aquella sustancia proviene del famoso pez globo. En Japón se habían dado casos de muertes al ingerir dicho alimento por no estar bien cocinado el pez. No sé cómo pero, de alguna forma, habían conseguido la toxina en cápsulas para suicidarse. Tal vez pensaran que todo lo acontecido era el Apocalipsis y su fuerte convicción en las antiguas escrituras de la Biblia, los hubiera empujado a acabar con sus vidas de forma tan dantesca.
A varios kilómetros de allí, en una pequeña plaza del norte de la isla  se levanta un improvisado trono hecho de restos de chatarra y bloques. Todo el contorno del trono está rodeado de focos de motocicletas, en la parte superior un letrero luminoso formado un nombre ya olvidado por la humanidad. La primera letra es la  G, de un color verde turquesa, la segunda la A, de color blanco, ésta parpadea intermitentemente, la siguiente es una I que sobresale de las demás letras y su color azul celeste la hace resaltar entre las demás y la última letra la A, que destaca por su intenso color amarillo sol. El conjunto de las letras forma el nombre  de Gaia, éste proviene de una diosa de la antigua Grecia que era adorada como la madre común de todos los seres.  En él, sentado, una silueta vestida de andrajosos hábitos femeninos da órdenes a los muertos vivientes, que no paran de ir de un lado hacia otro. Los ojos de Jana observan como los zombis trabajan coordinadamente en las tareas que se les ha encomendado. Ahora está realmente convencida de que es la resurrección de la diosa madre tierra, Gaia, a partir de aquel preciso momento así se a haría llamar.

domingo, 8 de mayo de 2011

ZOMBIS EN CANARIAS-Capitulo 14º


Como si fuera un ejército surgido de las profundidades del mismo infierno, los  zombis caminan en multitud hacia una plaza, en el centro de ella, una extraña  figura. La cabeza de Jana es un continuo vaivén de impulsos eléctricos, a cada zombi que somete a su voluntad, un minúsculo vínculo se crea en su cerebro, como si fuera una tela de araña, se quedan estáticos a su alrededor a la espera de recibir instrucciones de su pastora. Cada vez son más y más, llegados de todas las direcciones, pero eso no le importa, se dice a sí misma que cuantos más, mejor para trazar su plan de un nuevo amanecer.

En mitad de la carretera vemos un vehículo de color rojo obstruyendo el carril, debe ser nuevo ya que su carrocería deslumbra con el sol dándole un aspecto marciano, en la vaca destacan maletas de viajes y otros enseres. Natalia reduce la velocidad, y sin previo aviso, vemos salir a un hombre del coche agitando las manos en forma de aspa, desde nuestra distancia distinguimos que no es un podrido. Paramos el coche y discutimos qué hacer, Ángel dice que pasemos de largo, no podemos saber si está infectado, cuántos son o qué pretenden de nosotros. Natalia disiente y propone hablar con él, piensa que puede haberse organizado algún tipo de resistencia y sabe dónde hay más vivos. Yo creo que tenemos que buscar algo intermedio, hablar con él y si está libre de infección, ya veremos y si no, lo dejaremos atrás. Nos aproximamos al hombre, viste una impecable camisa blanca y unos pantalones de marca italiana, posiblemente, esto denota que es una persona de clase alta. Antes de acércanos más le gritamos que  mantenga las manos alzadas y pegado al coche. Ángel y yo bajamos, desde una distancia prudencial entablamos conversación:
-          ¡Ey amigos!, me he quedado sin gasolina-
-          Lo siento, no podemos ayudarle, mueva el coche- le responde Ángel fríamente.
-          Mi hija y yo necesitamos ayuda- dice, dirigiéndose unos pasos hacia nosotros.
-   ¡No se acerque más, señor!- grita Ángel con voz amenazadora.
-   ¡¡Vamos tío, tiene una niña!!- le digo mirándolo a los ojos.
Ángel permanece callado y, por unos instantes, pienso que levantará su arma y le disparará. Ante aquella situación tensa, le grito al hombre si él o su hija han sido mordidos o han entrado en contacto con algún fluido de los zombis, su respuesta es un poco dubitativa, pero finalmente nos dice que no. Tras escucharlo, nos acercamos al hombre y dimos un buen apretón de manos, como si fuéramos hombres de negocios. Sus rasgos son típicos de la zona nórdica: pelo rubio, piel blanca, ojos claros que portan unas minúsculas y graciosas gafas, al estilo Mahatma Gandhi,  además es alto como un pino.
-Mi nombre es Sven – suspira como aliviado.
De repente, por una de las ventanillas del coche marciano asoma la cabeza una niña de cabellos rizados y rubios como el oro, su cara angelical y dulces ojos azules me recuerdan a las actrices de Hollywood. La niña sale desconfiada del coche y tímidamente se presenta.
-Hola, soy Julia y tengo 11 años- dice en  tono orgullosa.
-Hola Julia, este es Ángel, la chica que está al volante es Natalia y yo me llamo Iker- dije sonriente de encontrar persona vivas.
-Si quieren pueden ir con nosotros, cabemos todos en el furgón- confiando de que la respuesta fuera un sí rotundo.
-La verdad es que preferimos ir solos, no os molestéis pero vamos en dirección opuesta- dice Sven.
No me lo puedo creer, van  directos a la boca del lobo, esta gente no sabe que la Laguna es pasto de los zombis. Ángel le explica la situación de cómo los puntos seguros han caído y que ir a la ciudad es encontrase con una muerte segura. Tras sus palabras, unas lágrimas resbalan por su mejilla, acompañado de un pequeño temblor en el mentón, la niña le abraza y le pregunta si no van a buscar a mami. Ahora todo encaja, seguramente su esposa es una de las miles de personas que estaban en el campamento de la Plaza del Adelantado y, desconociendo todo lo sucedido, van en su busca. La noticia de la caída de la ciudad les cae como un palo de agua fría. Pasados unos minutos de consternación, Sven recoge unas mochilas en forma de petate con ayuda de Julia, que lleva una de dibujos de Bob Esponja. Montamos en el jeep, Julia y Sven me hacen compañía en la parte de atrás  y continuamos juntos nuestro trayecto hacia la esperanza de encontrar más gente viva.